jueves, 30 de octubre de 2014

Tesoros del cicloturismo. El Angliru.

¡Hola a todo el mundo!

Mi mente, mi cuerpo y mi voluntad estaban ya en el Angliru mucho antes de meter a La Americana en Klaus, aquel domingo que pasaría a mi historia personal como el día en el que subí el coloso.

El gran Juan Carlos Vega me metió el gusanillo en el cuerpo un par de semanas antes al haberme llevado a subir las rampar extremas de La Camperona. 

-Subiendo esto, ¿podré subir cualquier cosa, ¿no?

Esa era la frase que presidía mi cerebro cuando comencé a idear una ruta maja para aquel domingo. La ruta incluía varios puertos, entre los que destacaban el Cordal, por ambas caras, la Cobertoria subiendo por Cuchu Puercu y, por supuesto, el Angliru. De hecho, mi idea original era subir también el Gamoniteiro, aunque tal extremo sería viable según me encontrase en el desvío hasta la cima.

En cualquier caso, yo ya estaba decidido a meterme una buena pechada de puertos. Convertir aquel fin de semana en algo para recordar. Supongo que toda ruta que incluya el Angliru ya es algo para recordar, pero bueno, aquel era mi día.

Y lo era de manera muy especial porque iba a ir yo solito. Hacer estas rutas en solitario, tiene pros y contras, como todo. Puedes ir al ritmo que te venga en gana a ti, tomar las fotos que creas oportunas, tener una avería seria y que no te echen un cable, hacer la ruta en silencio. Bueno, aunque en mi caso particular, como ya os he comentado en alguna otra ocasión, a veces en la bici hablo solo. Cosas de mi pedrada, ya sabéis. Cosas en plan, "joder, con la rampa de los cojones", o algo más elegante como, "puerto de las pelotas, voy a acabar contigo".

Llevaba comprobando la climatología para aquel día desde hacía semana y media por lo menos. Siempre con el mismo resultado. Lluvia. Parecía ser que no me iba a enterar de las tremendas rampas que me esperaban. Pero aquí va mi primer "biciconsejo" del artículo. Las predicciones meteorológicas a más de cuatro días vista son, fundamentalmente, una patraña.

Y lo digo porque el día que había amanecido en el Principado, era de esos que te dan que pensar. De esos en las que te preguntas si, por ahí arriba, llueve tanto como dice la gente. Ni una nube en el horizonte. Parecía ser que, por desgracia, sería plenamente consciente de las rampas.

Mi primera parte del plan, que era aparcar a Klaus en Pola de Lena, ya estaba finiquitada. Tenía que llenar los bolsos del maillot. Un par de plátanos, cuatro barritas de esas de cereales, la bomba, las llaves del coche, un chubasquero para bajar los puertos, el móvil. Ya estaba todo. 

La siguiente fase era encontrar la carretera que me llevaría hasta el Cordal. Más o menos sabía por dónde estaba pero, insisto una vez más. Más o menos. 

Resulta que había aparcado justo al final de Pola de Lena y, nada más que comencé a dar pedales y habiendo avanzado a penas unos cuantos metros, ahí estaba el desvío que, creo recordar que señala en dirección a Riosa, lo cual hizo que se me apretase el esfinter un poquito. Hablar de Riosa en el mundo del ciclismo estremece las piernas, así que como para no apretar esfínteres.

En resumidas cuentas, lo que quiero decir es que sin más ni más, me encontré con el Cordal de frente. Resulta que este puerto y por este lado, no es especialmente duro ni exigente, aunque tiene sus momentos de gloria, como todos los puertos. Pero si te lo encuentras de sopetón, punto uno, y dos, te estás meando bastante, pues la cosa sube de entidad. "¿Pero por qué no paras, Dani?". Pues porque no. Cosas de cicloturista. Una vez que empiezo un puerto, no paro y punto.

Así que ahí estaba yo. Meándome, envuelto en un túnel vegetal precioso y disfrutando de unas vistas espectaculares. Puerto constante que te permite agarrar un ritmo y llegar con éste al fin del mundo. Conclusión. Puerto para disfrutar. Consecuencia. Se me pasaron las ganas de mear.

Casi había coronado y pude ver el desvío hasta el Chuchu Puercu (que estoy seguro que muchos no sabéis de lo que os hablo). Pero para tomar ese desvío aún quedaba una tirada buena. Por lo pronto, había llegado al cartelón que te da la bienvenida al Concejo de Riosa y marca la cima del Alto del Cordal, porque aquí no hay cartel marrón que valga. Es una pena, porque el puerto realmente se lo merece. 

Nada más llegar, lo primero.....¿foto?....Hoy no. Hoy tocaba cambiar el agua al canario. Mi cara de satisfacción en la cima, ese día no sólo se debía al esfuerzo realizado en la ascensión....uffff, qué biennnn....



Primer plátano al cuerpo, chubasquero abrochado y bonito descenso por delante. Además del placer de la bajada, ésta me iba a servir para estudiar la futura subida. Sin embargo, al hacer esto no dejaba de pensar en que cuando estuviese sufriendo por esas rampas yo ya no sería el mismo porque habría triunfado o fracasado en el Angliru, eso ya se vería.

Curva por aquí, curva por allá. Continuas referencias al gran objetivo del día. Hotel Mirador del Angliru. Esto ya era en serio. Se acercaba el momento. Se acercaba mi momento. 

Quién me ha visto y quién me ve. Hasta hacía poco tiempo, siempre que me preguntaban que si había subido el Angliru, yo siempre respondía que no y que no lo haría porque, ese tipo de subidas agonísticas, no me gustan. Pestes y pestes echadas sobre ese dichoso puerto que perturba toda mente ciclista, podrían caerme todas de golpe. 

Siempre he creído que los puertos tienen cierta vida. Cierta autonomía propia. Es como si cada ascensión fuese ÉL contra MÍ. Una lucha de tú a tú. El Angliru podría vengarse de mí. Podría hacérmelas pagar todas juntas por haberle denostado durante años.

Y su momento y el mío ya estaban cerca. El día en el que nos mediríamos, era allí y en aquel momento, porque el cartel de La Vega, el pueblo que marca el punto de inicio de la subida, ya estaba ante mis ojos. Y cuando tomé un desvío y vi cierto cartel, nos indicaba tanto al puerto como a mí que ya no era el tiempo de las palabras. Era el tiempo de la lucha. Y os puedo asegurar que esta subida, no es una ascensión normal y corriente. Es una verdadera batalla de supervivencia.

Km 0 de un antes y un después en mi vida ciclista.
¡Qué cantidad de sorpresas me tenía preparadas el amigo Angliru! Él lo tenía todo preparado para engañarme así de primeras. Ciertamente, los primeros seis kilómetros o algo así, son del todo normales y corrientes. Vas subiendo, más expectante que cansado. "Será aquí, será allí adelante." Continuamente vas buscando el lugar en el que este puerto te la va a meter doblada. Pero llega un instante en el que no hace falta esperar a la próxima curva o a la siguiente recta. 

En algún momento, no sé muy bien por qué, alzas la vista hasta las montañas. Muy a lo alto. Muy a lo lejos. No te lo puedes creer porque sería algo inhumano, pero pareces intuir algo parecido a una carretera serpenteante a lo lejos y a lo alto. A lo muy muy alto. 

Y si vas con la sana intención de subir al Monstruo de Riosa, habrás hecho los deberes y te habrás empapado de fotos y diversas altimetrías, con lo que esa serpenteante carretera muy muy a lo alto, te resulta familiar. Te resulta tan familiar como que resulta ser la carretera por la que vas a tener que subir en un rato.

Ahí estaba. Ahí estaba el verdadero monstruo. Ahí estaba el verdadero reto. Ahí estaba el lugar en donde me haría mayor sobre la bicicleta como me había dicho mi amigo Juan Carlos. Ahí estaba el coloso. Ahí estaba, sencillamente, el Alto del Angliru.

En cuanto pude divisar esa zona repleta de paz, llamada Viapará, en donde correteaban niños y la gente se hacía fotos, pude comprender que, justo en ese momento, comenzaríamos a ajustar cuentas el monstruo y yo.  A penas unos metros más adelante y alguna que otra curva después, que ya comenzaban a ser algo más duras que sus hermanas de kilómetros anteriores, ya pude comprobar en mis propias carnes lo que iba a sufrir.

No sé ni cómo se llamaba esta primera gran rampa. Lo cierto es que era durísima y el cartel que la anunciaba, señalaba tantos por ciento aterradores.

-Eres un repechín de mierda, cacho cabrón.

Así me las gasto yo contra monstruos de este calibre. Con estas palabras inicié me pequeña gran historia bélica en el Angliru.

"SOMOS LO QUE LOGRAMOS"

Esta frase está escrita en el asfalto, justo al inicio de la parte dura del puerto. No sé si quien la escribió lo hizo con esa intención, pero la motivación que me supuso tal sentencia, haría de mí un cicloturista sin miedos y con mucho más que ganar que perder, lo que me convertía en un serio peligro para la reputación del Monstruo de Riosa. 

Comencé a retorcerme sobre La Americana, subido en las bielas, tirando muy duro de brazo y siendo consciente de que era más que probable que no me volviese a sentar en el sillín hasta dentro de, al menos, media hora de esfuerzo extremo.

Primera curva donde se puede apreciar algo el desnivel. La sensación de que estaba intentando vencer al rival más duro que jamás se me había presentado delante, se confirma. Es muy complicado intentar explicar con palabras los desniveles que se pueden apreciar en cada una de las curvas de este puerto. Incluso las fotos no logran captar esa sensación. Yo me sentía como Jonás dentro de la boca de la ballena. Como David ante Goliat. Como un peso mosca contra un peso pesado y con mala leche. Sólo sabía que "somos lo que logramos". Agaché la cabeza, apreté los dientes y continué con la batalla.


Os puedo asegurar que la foto es completamente real. Dramáticamente cierta. Y también os puedo asegurar que no muestra el cien por cien la dureza con la que el Monstruo de Riosa me estaba golpeando. También os digo que las fotos que saqué del puerto fueron tomadas durante la bajada, que es una fiesta a parte. 

Todas las pestes que durante años había echado sobre este coloso, él me las estaba devolviendo. Cada curva de herradura suponía un nuevo reto y, a la vez, un pequeño respiro al alargar los giros lo máximo posible y, de esta forma, conseguir aunque fuese un segundo de tregua. Pero él volvía a golpear más duro. Cada recta entre curva y curva suponía la muerte en vida.

Les Cabanes, Llagos, Les Picones, Cobayos. Todos estos nombres, todos estos mazazos, eran puertos de primera en sí mismos. Eran enormes retos a superar cada vez que me tropezaba con los letreros y los porcentajes de estas rampas.




Pero cuando piensas que ya nada puede ser peor, cuando piensas que por mucha fama que tenga la Cueña les Cabres, ésta no puede ser mucho peor que todo lo que llevas ya en las piernas, de repente, el Monstruo de Riosa te lanza el peor de sus ganchos. El peor de sus zarpazos. La peor de sus artimañas. El Angliru te enseña lo que es en verdad la Cueña les Cabres.



"SOMOS LO QUE LOGRAMOS". Con el único salvavidas de esta frase, comencé a trepar por la verdadera carretera hasta el infierno. Estaba dispuesto a demostrar a este maldito puerto de lo que yo estoy hecho.

Había que sacar ventaja de donde no existía. Tocaba culebrear por la carretera. Tocaba hacer eses. La longitud de este horror ciclista, señala el cartel que es de 450 metros. Pues bien. el cicloturista medio seguramente amplíe estos metros a bastante más de 500. 

Según comía metros de este horror, más me ganaba el respeto de mi rival, el Angliru. A mi paso, dejaba tras de mí a otros compañeros que no habían podido soportar la dureza de este tremendo mazazo. Sólo podían darme sus ánimos y yo, sólo podía prometerles que llegaría hasta el corazón de la bestia para vengarles. 

Metro a metro, pedal a pedal, iba desgastando el feroz castigo del Angliru. Mis piernas ya no me dolían. Ya no sentía cada pinchazo que asolaba mi espalda después de cada pedalada. Los brazos conseguían mantenerme soldado a La Americana sin quemarme.

A lo lejos ya podía ver la curva de herradura que supondría un pequeño alivio en todo aquel calvario. Una vez allí, a penas me restaría poco más de un kilómetro para entrar de lleno en el corazón de mi enorme rival.

Y, por fin, la Cueña les Cabres, se terminó...


Pero aún no era el momento de cantar victoria, porque el Monstruo de Riosa contaba con más defensas. Los dos últimos mazazos antes de alcanzar su corazón. El Aviru y Les Piedrusines. Cortos, duros y secos. Así son las dos últimas rampas. Igual de duro que todo lo anterior. Pero ya nada importa. Ya nada es demasiado. Ya nada es suficiente. Estás tan cerca del cielo que más que pedalear, estás volando.

Y cuando llegas a la bajada previa antes de llegar a la explanada donde reside la esencia, la dureza y el corazón del Angliru, entiendes que no puedes guardar rencor a este coloso. Entiendes que su naturaleza es esa. Su naturaleza es ser el puerto más duro que probablemente vayas a subir en décadas o quizás en toda tu vida.

Esa bajada supone una expiación. Es el momento en el que pides perdón a esta obra maestra del cicloturismo. Le pides perdón por todo aquello que dijiste sobre él, por todas aquellas cosas que se te pasaron por la cabeza mientras estabas subiendo por su carretera.

Y entiendes que aquella frase al inicio de la subida de "SOMOS LO QUE LOGRAMOS", la ha escrito él mismo. Y eres consciente de que has de estarle agradecido el resto de tu vida porque, conseguir llegar hasta su corazón es un regalo. Es algo que el tremendo Angliru te cede para el resto de tu existencia.


El tremendo Angliru ya es tu amigo. Se acaba de convertir en tu aliado para el resto de subidas que vayas a afrontar. Ha conseguido, gracias a su salvaje dureza, que jamás se te olvide que un día te permitió pasear por su alma, por su corazón.




Ya nada más importa en la ruta que tengas que hacer a partir de este momento. No importa ya, que vayas a subir el Cordal por Cuchu Puercu y llegues hasta la Cobertoria.

Nada puede superar el hecho de que has hecho historia. Nada puede superar el hecho de que te has paseado por el corazón del coloso. Nada puede superar el hecho de que un día fuiste a conquistar el Angliru y marchaste de él con un trocito de su alma dentro de la tuya. Ahora el Angliru no es tu enemigo. Ahora el Angliru es uno de tus mejores amigos.

domingo, 19 de octubre de 2014

Tesoros del cicloturismo. La Camperona.

¡Hola a todo el mundo!

Suena el móvil. Mensaje de Vega. "¿Te apuntas a subir la Camperona este domingo?"

Pues nunca me lo había planteado, la verdad. Sabía que esa subida existía y, cómo no, al ponerla de final de etapa en la Vuelta a España de este año, pues llama más la atención. No tenía ni idea de cómo demonios era, pero lo único que sabía era que se trataba de una ascensión de las que no me molan nada de nada. De esas de ir en bielas, sufriendo, sin tiempo de sentarte para coger tu ritmo.

Pero bueno. A un mensaje de Vega, no se le puede decir que no, si no es por una causa mayor (y prometo que sobre esto de la "causa mayor" escribiré en breve).

Así que, con la mayor de las ilusiones, metí a "La Americana" en Klaus, y puse rumbo a Sabero. Ponía rumbo hacia un lugar en el que estaba seguro de que sufriría.

En cuanto llegué al Ayuntamiento de Sabero, ahí estaban Vega y señora, más el titán de la Sobarriba. Cecilio. Uno de esos clásicos del cicloturismo, libre, sin ataduras y sin temor a nada.

La ruta ideada por el anfitrión no era especialmente dura. De hecho, de no ser porque se subía la salvajada de La Camperona, podríamos decir que era una ruta tirando a floja, pero el coloso (porque lo es) cambiaba todo.

Pero digo que es un coloso, porque ahora lo conozco, sin embargo, cuando comenzamos esa ruta, nadie había osado a subir tal burrada. En efecto, hemos subido otras tantas, pero esa no, y cada locura sobre una bicicleta, es siempre diferente.

Lo primero de todo, antes de salir a disfrutar sobre nuestras flacas, era tomar un café. y resulta que eran las fiestas de Sabero y había un mercado medieval. Como era temprano, los mercaderes (si iban de medievales, entonces, son mercaderes) estaban montando sus puestos y la dueña del bar estaba quitándose la legaña después de una noche anterior muy dura.

A golpe de "dos solos, un cortado y uno con leche", empezamos a darnos cuenta de que La Camperona, estaba generando un pequeño brote verde económico en la zona, porque a cada lado que mirabas, había que si una camiseta con el perfil de la subida, algún que otro recuerdo y unas cuántas miradas cómplices de los vecinos que solían terminar con algún comentario, en plan, "a ver qué tal se os da la subida". El cicloTURISMO, si la gente se lo propusiese de verdad, funciona.

Tras colocarnos las calas y dar las primeras pedaladas, no tardamos en echar el pie a tierra, porque había una foto que no podíamos eludir.



Mirando las fotos, os aseguro que eso que pone del 24%, es totalmente cierto. Vaya si lo es. Pero aún quedaban unos cuantos kilómetros para retorcernos por las empinadas rampas de La Camperona.

Mientras entrábamos en calor, entre pitos y flautas, llegamos a Cistierna. Allí debíamos tomar un desvío que nos llevaría hasta la zona de Las Arrimadas. La última vez que rodé por ahí, lo hice hace más de quince años con una pesada btt de acero con la que hice muchos kilómetros, ninguno de ellos por el monte. Lo mío nunca fue el rollo "pisapraos".

Esta zona es uno de esos lugares preciosos que casi no se conocen porque, o se va adrede o no se va. La carretera está arreglada de hace pocos años, con lo que está impecable y, además, no hay casi tráfico. Un lugar ideal para rodar con la bici. Para más inri, no conocía la existencia de una carretera que va desde esta zona hasta Gradefes, con lo que es realmente accesible saliendo desde León, quedando una ruta de unos 100 km muy pero que muy chula. Pero bueno, eso ya es una ida de olla que algún día, y no tardando, llevaré a cabo.

Pasamos por Laiz, un pueblo del que guardo muy buen recuerdo, ya que era el lugar de nacimiento de un tío mío, mi tío Lauren, y al que yo iba muy de vez en cuando a por miel, en compañía de mi tío. El típico lugar que guardas en el recuerdo de la infancia y que cuando te invitaban a ir, era una pequeña gran aventura.

Casi sin darnos cuenta, ya que no nos estábamos aburriendo precisamente, llegamos a Vegaquemada, lo que suponía, más o menos, la mitad de la ruta. Avanzamos un poco más, rodando por alguna que otra carretera secundaria que no figura en el mapa, más un par de kilómetros de Sterratto, y llegamos a Boñar. Aquí, en mi pueblo, llegó nuestro momento "piscolabis".

Nadie lo quería decir en alto, pero nos quedaban muy pocos kilómetros para intentar coronar, de la manera más digna posible, una subida que se va a convertir en un clásico los próximos años en La Vuelta Ciclista a España.

Nos subimos de nuevo a las bicis y pusimos rumba a Sotillos. Podríamos haber ido por la carretera nueva, pero decidimos ir por una vieja, más enrevesada, con un puertecito justo antes de llegar a la base de la Camperona.

Es una opción preciosa. Puedes atravesar una carretera rodeada de robles y tranquilidad. No te encuentras con un coche ni de lejos ya que nuestros compañeros de calzada optan por las variantes más directas, pero más feas.

Cabe aquí hacer una reseña a la zona por la que rodábamos en aquel momento. Los Valles de Sabero. Qué zona tan bonita, tan acogedora....y tan abandonada.

Sí, amigos. La zona está abandonada y es un claro ejemplo de lo que ocurre cuando en un valle que vive por y para la minería, falta esto precisamente. La minería. Fuera población, fuera recursos, dentro envejecimiento, dentro abandono. En una sola palabra, podríamos hablar de pobreza, tanto social, económica, como cultural.

Pero se intentan hacer cositas como el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero o un final de etapa de La Vuelta. Es evidente que se necesita mucho más, pero la gente de la zona es una luchadora, porque saben cuánto cuesta salir adelante.

Volviendo a lo que viene siendo el cicloturismo que tantísimo me gusta, ya habíamos coronado el puertecito previo a Sotillos. Y no podía hacernos ningún daño parar un poco antes de empezar a sufrir como condenados a galeras. Así que, en cuanto vimos una fuente, detuvimos nuestro camino y llenamos el bote. Menuda escusa más cojonuda para ir mentalizándose de lo que nos esperaba.


Y ya no me podía inventar más pretextos. Ya teníamos el bidón lleno, habíamos tomado café, nos habíamos sacado fotos y no era plan de fingir un pinchazo, así que, avanzamos a través del pueblo y ya pudimos divisar en una señal de madera la palabra mágica. Camperona.

Así, para empezar animados, lo mejor que nos podía pasar era que la gente que vive justo en el desvío de la carretera que conduce a la cima, nos dedicasen unas reconfortantes palabras....

-¡Suerte en la subida! ¡Como no llevéis montado un 30, no lo vais a conseguir!

Así comenzamos. Cojonudamente. Porque yo llevo un 34-28 y no hay treinta en nada de mi bicicleta. Peor eso sí. Lo que me sobra es desparpajo, gracia y donaire, así como una gran dosis de cabezonería, así que nos metimos a ello.

Veréis. Yo me había marcado un objetivo para la ascensión de aquel soleado día. No echar el pie a tierra. Según lo que había podido escuchar acerca de la ascensión, era algo así como la subida a Valdorria, pero mucho más duro y teniendo en cuenta que en Valdorria es el único lugar en mi vida en el que se me ha pasado por la cabeza echar pie a tierra, supuse que como objetivo no estaba nada mal eso. No fracasar.

Y nada más ver la primera rampa de La Camperona, mi grito en alto resumió muy bien lo que es esta ascensión.

-¡¡PERO SI ESTO PARECE EL DRAGON KHAN!!

Es curioso que la subida empiece rodando al lado del cementerio del pueblo, porque lo ves y se te pasan muchas cosas por la cabeza. Pero en realidad, como ya nos habíamos metido en eso, qué diablos, La Camperona iba a caer, costase lo que costase...e iba a costar un montón.

La primera rampa, al 13%, te hace pensar que todo pinta muy mal, pero es que en cuanto acaba ésta, y dura muy poco, se nos presenta otra rampa, al 17%, que te obliga a ponerte en bielas, y justo después de ésta otra, viene otra al 20%, y ya te das cuenta de que no te vas a volver a sentar en el sillín hasta que te recoja el 112 o hasta que logres tu objetivo.

Pedalada a pedalada, chepazo a chepazo, vas avanzando metros. Y éstos pasan realmente lentos porque la velocidad a la que se asciende, así para el cicloturista medio como es mi caso, son los diez kilómetros por hora e incluso menos en los momentos más duros.

Te da tiempo a mucho. Te da tiempo a esquivar la gravilla para no caerte. Te da tiempo a coger el rebufo de la gente que sube caminando. Te da tiempo de ver que te queda poco para la primera curva de herradura. Te da tiempo para gestionar tal curva y alargarla lo suficiente como para tomarte un descansito.


Y es que estamos hablando de rampas tan salvajes como las que se pueden ver en la anterior foto. Y esa era la segunda curva de herradura. Pero según vas ganando altura, ya te da todo un poco igual. El sufrimiento ya es de tal magnitud, que te la pela que estés trepando una rampa al 24% porque ya no eres consciente de que te duelen las piernas, los brazos y la espalda. Ya no eres consciente de lo que te queda por subir. Ya sólo piensas en que no te puedes permitir fracasar. Ya no te puedes permitir echar el pie a tierra. Ya sólo subes por orgullo, por razones o por cojones. En realidad, ya sólo subes.

Cada vez queda menos por subir, por sufrir. Cada vez queda menos. Divisas una antena, pero es sólo un engaño de La Camperona, porque algún ingeniero decidió colocar otras dos a más de un kilómetro. Pero es un alivio pensar que sólo nos queda eso. Un kilómetro.

Y por fin, estamos en la recta final de la subida. Una recta que consideramos un descanso y eso que tiene un porcentaje del 15%. Y las pocas fuerzas con las que se llega arriba las utilizamos para empujar un poco más porque ya lo tenemos. Ya tenemos La Camperona a nuestra merced. Lo hemos conseguido. Lo había conseguido. Ya no importa todo lo que cuesta subir hasta allí arriba porque la satisfacción supera todo lo demás.





Nada más llegar Vega a la cima, tuve que preguntárselo. Durante la subida, algo comenzó a sobrevolar mi mente. Algo muy grande que nunca antes se me había pasado por la cabeza. Algo que en el mundo ciclista hay que decirlo muy en bajo y casi sin que te escuche nadie. L'Angliru. ¿Cómo sería subir el L'Angliru?

-Juan Carlos. ¿Ya me he hecho un hombre después de subir esto o tengo que ir al Angliru de las narices?

-El Angliru es mucho más duro, Dani. Hasta que no lo subas, no te haces mayor.

Así que mi mente, mi cuerpo y mi voluntad, sin ni siquiera haber bajado aún de La Camperona, ya estaban centrándose en el Angliru. Pero eso es tema de otra entrada. Vaya si lo es.

Lo único que nos quedaba era afrontar el peligroso descenso y la deliciosa comida en Sabero.

Y en esta entrada, lo único que me queda por hacer es una mención especial a los tres miembros de los GREIM de Sabero que fallecieron aquel día por la mañana, realizando su trabajo. Un abrazo muy muy gordo a sus familias, al compañero que sobrevivió y a toda su gente.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Tesoros del cicloturismo. Puertos de Pandetrave y Panderrueda. Tierra de la Reina.

¡Hola a todo el mundo!

La verdad es que tenía que haber escrito esta entrada hace ya mucho tiempo, pero me he estado dedicando a hacer kilómetros fantásticos. Probablemente, los más fantásticos desde que empecé a darle duro a esto del pedal.

No llevo muchísimos kilómetros. No está siendo un año de estos bestiales en los que se hacen más de diez mil. Es más, a día de hoy llevo unos cinco mil y pico o algo parecido, pero han estado muy bien aprovechados.

Y cerca de cien de estos kilómetros, transcurrieron por una de las zonas más fantásticas para hacer cicloturismo del bueno que hay en España entera. Y creo que no estoy exagerando. Bien es cierto que no soy del todo imparcial, porque dicha zona es la tierra de mi familia. La Tierra de la Reina, en los Picos de Europa.

A ver. Para poneros en antecedentes. El pueblo donde nació mi abuelo materno, se llama Villafrea de la Reina. Es un pequeño pueblo junto al Parque Nacional de los Picos de Europa. Un pueblo pequeño rodeado de bosques de hayas y robles es imposible que sea feo, así que si a esto le sumamos que le tengo mucho cariño, pues esto hace que sea para mí uno de los pueblos más preciosos que hay.

Por proximidad, los Picos de Europa para mí suponen una especie de paraíso sin comparación ninguna. Un lugar que en nada tiene que envidiar a otras zonas muchísimo más conocidas de Europa como los Pirineos o los Alpes. Y sí. Estoy situando esta zona a la altura de esas otras dos. 

He ido aproximadamente y sin exagerar, tres millones de veces a los Picos de Europa pero, ¿sabéis cuántas veces había estado en bicicleta? En efecto. Ni una sola vez. Así que aprovechando que tenía unos días libres, decidí ir con Klaus hasta Caín, inicio de la Ruta del Cares, e inicio de una ruta que llevaba años con ganas de hacer.

Lo que tenía en mente era una ruta circular, con salida en Caín. Lo más destacable en cuanto a la dureza, son los primeros kilómetros que separan la salida, de Posada de Valdeón. Ya sabéis. Donde el queso de Valdeón.

Los primeros kilómetros de esta ruta son realmente duros. Los porcentajes de las rampas iniciales dan mucho miedo, pero nada que me amedrente. Según sales del empedrado de Caín, para poder ver la continuación de la carretera tienes que mirar hacia arriba. Un 20% hacia arriba.

Así que, conociendo todo esto, monté la rueda delantera de "La Americana" y comencé a pedalear. El sentido de la ruta que escogí fue en el que se sube primero Pandetrave, pero hasta llegar a la cima de este precioso puerto, tenían que pasar aún muchas cosas. 

Como os he adelantado, hasta llegar a Posada de Valdeón, las rampas que hay que superar son durísimas, sin embargo, puede que sean de las rampas al 20% de las que menos te enteras. La razón es el maravilloso espectáculo que los Picos de Europa nos regalan. Hasta que no se viene por esta carretera, no comprendes el "por qué" de lo de "Picos" en los Picos de Europa. 

Estás sufriendo desde el primer metro de esta ruta, tienes metido el 34-28 en mi caso, desde la primera pedalada del día, pero en realidad estás disfrutando de lo lindo. Tremendos picos, tremendos bosques, tremendo color verde que todo lo envuelve. Y en el día en el que fui yo, tremendas nubes amenazantes por todos los lados, aunque eso os lo cuento un poco más adelante.

La cosa es que iba superando, rampa a rampa, el difícil camino que separa Caín de Posada. Lo peor era que esta zona y en esta dirección, así como tiene tremendas rampas, también tiene tremendas bajadas cortas que, en el sentido opuesto, se iban a convertir unas horas después en unas rampas muy fastidiadas (vamos, jodidas) y más teniendo en cuenta que llevaría en las piernas unos ochenta kilómetros.

A pesar de mis divagaciones, finalmente llegué a Posada de Valdeón y tomé el desvío en dirección a Portilla de la Reina, la tierra de mi abuelo. Entre medias, Pandetrave. Oficialmente empieza en Caín, así que me quedaba menos para llegar a la cima. Hasta aquí, el balance del puerto estaba siendo tremendamente duro. Y eso que yo había pasado en coche mil veces. Si esto a alguien le pilla de nuevas, se va a encontrar con un serio problema, porque esto acababa de empezar.

La carretera ya había cambiado. Ya no era extremadamente estrecha. Ahora era buena, con dos carriles y algo de arcén. En cuanto a la dureza, si bien había suavizado, para nada era algo sencillo. Y mucho menos cuando nos acercamos a Santa María de Valdeón. Aquí nos encontramos con una rampa al 16% que nos obliga y mucho.

Una de las principales razones por las que escogí hacer la ruta en este sentido era para realizar una comparación. Hace unos años, en la única oportunidad que he tenido hasta la fecha de ir a Pirineos, pasé por el Col d'Aspin. Lo primero que recuerdo de aquel paso es que dije...."esto me resulta familiar". Y lo dije, porque me recordaba muchísimo a Pandetrave. Y, en efecto, estaba confirmando aquella apreciación. Me parecen puertos gemelos. Puede que el coloso francés tenga algo más de dureza, pero en cuanto al paisaje son idénticos. 

Ya había dejado atrás Santa María de Valdeón y la ascensión me estaba aproximando cada vez más a la niebla que tapaba la zona de la cumbre. Imaginad la estampa. Mucha vegetación, una subida que te permite disfrutar, un nuevo cambio de asfalto a otro más rugoso y niebla. Esto estaba haciendo mis delicias. Toda la situación estaba recubriendo el día de un manto épico con el que no había contado. Y también podemos sumar a esto los truenos que sonaban de vez en cuando y en lo lejano. Pero no les estaba dando demasiada importancia.

Por fin coroné. Por fin había cumplido el primer sueño del día. Por fin, Pandetrave, al saco.


Las vistas del valle de Valdeón.
La parte de este puerto que da para la Tierra de la Reina, es más tendido, más despoblado de vegetación, más solitario, más salvaje. Realmente es el típico lugar en el que te sientes solo. Pero en realidad estás con tu bicicleta. ¿Para qué más?

Hice una parada para disfrutar del silencio de la zona y sacar unas fotos. Además había visto algo en la carretera. Como a kilómetro y medio de donde yo estaba. "Un perro suelto", pensé...


Pues si os fijáis bien en la foto, os he señalado con un pequeño círculo rojo la situación del cánido. ¿O debería decir lo que yo pensaba que era un perro? Mejor, sí. Porque cuando llegué hasta allí, en realidad era un toro grande como un castillo. 

Tras esta anécdota que ahora seguro que no os dice mucho, pero había que ver al torito, llegué a Portilla de la Reina. Y una vez en el cruce de la carretera general, me di cuenta de una cosa que me resultó la mar de curiosa.

Me habréis escuchado alguna vez que otra, que yo suelo entrenar por la Carretera de Santander, que me lleva hasta el Condado y, de ahí, para la Sobarriba y bla bla bla.

Pues bien. La carretera general de Portilla, que era la que me conduciría hasta Riaño, es esta misma carretera de Santander. Es la Nacional 621, que bajó La Vuelta este año, tras coronar San Glorio, en dirección a La Camperona, sobre la que tengo pendiente una entrada. 

Me resultó curioso terminar rodando, un día más, por la carretera de mis entrenamientos diarios.


Ahora, el valle se abría mucho. Como podéis ver en la foto, el día había despejado, pero no era del todo cierto, porque lo que ocurrió fue que me estaba alejando del cogollo de nubes. Sin embargo, la ruta, tarde o temprano, me llevaría de nuevo hasta el centro de la tormenta.

Seguía comiendo kilómetros y bebiendo mucha agua. Empezaba a tener el bidón un poco seco, pero no había problema porque estaba en casa. Estaba en la Tierra de la Reina. Me estaba acercando a Villafrea de la Reina. El pueblín de mi abuelo y mis primos.


Tras el impacto inicial al que sometí a mi familia, por lo de verme en mallas y tal, comenzamos a charlar. Con el bote lleno y la bolsa de los besos llena, comenzaron a escucharse unos cuantos truenos. La cosa no pintaba bien, aunque la familia me tranquilizó con un "ayer también estuvo tronando pero, al final, no llovió nada".

Me tenía que poner en marcha de nuevo. Fue una gozada visitar a la familia, pero los trueno, por mucho que ellos dijesen, me estaban inquietando. 

Primero llegué a Boca de Huérgano y ahora tocaba rodar acompañado del embalse de Riaño. Esa faraónica obra que en nada a beneficiado a nadie de por allí. La carretera de esta zona es la típica de los pantanos. Un sube y baja continuo con agua de un lado y una montaña del otro. Y de lo que me estaba empezando a dar cuenta era de que tras la montaña, se escondía la caja de los truenos, literalmente.

Ya divisé Riaño (el nuevo, porque el viejo, original y precioso Riaño, lo mandaron al garete entre unos y otros a base de miles de litros de agua) y el desvío que tenía que tomar en dirección a Cangas de Onís, aunque yo no llegaría tan lejos.

En este cruce, que también separa dos valles, pude ver finalmente lo que escondía esa caja de los truenos. La cosa pintaba, no mal. Pintaba fatal...



Parecía un hecho que me iba a mojar y mucho. Así que sin más dilación, comencé a pedalear. Comencé a pedalear y utilicé un truco que siempre uso cuando la cosa se pone bajo lluvia. Mantener siempre una cadencia por encima de 95. No bajar de ahí. Así te mantienes caliente y pegado a la carretera. Pero aún no había comenzado a llover.

Sin bajarme siquiera de la bici, me puse el impermeable. Y lo hice justo en el momento en el que un enorme rayo, acompañado de un tremendo trueno, dio la salida de mi carrera contra la tormenta. Un aguacero digno de los mejores versículos del Arca de Noé, comenzó a caer.

Agua, granizo, truenos, rayos, frío y viento. En esto se había convertido el día. El puntito que le faltaba de épica a la etapa, la meteorología se había encargado de administrárselo. Ya no se veían las marcas de la carretera. Ya no se veía más allá de escasos diez metros, no por niebla, si no por lluvia. Los pocos coches que me encontraba, habían decidido aparcar en alguna zona.

Y en medio de esa galerna, ahí estaba yo, dando pedaladas desesperadas por encima de 95 de cadencia, utilizando esto como salvavidas, en parte para mantenerme caliente, en parte para mantenerme entretenido en otra cosa que no fuese la pedazo de tormenta que me estaba merendando.

Y por fin llegué a lo que me había marcado como escapatoria. Otro cambio de carretera y, por tanto, de valle. Esto suponía que la climatología cambiaría sí o sí, porque la tormenta estaba yendo para la zona del puerto de las Señales. Ahora estaba en Vegacerneja capeando el temporal como buenamente podía.

Es aquí, más o menos, donde empieza la cara suave del puerto que faltaba por subir en la jornada de aquel mítico día. Panderrueda (por Vegacerneja).

Como os decía, el tiempo cambió. Pasé de estar en medio de la tormenta a estar en medio de la niebla y, como telón de fondo, truenos que no hacían más que recordarme que la tormenta estaba cerca. Así que como no iba a poder disfrutar mucho de las vistas, me agarré a la cruz del manillar y me dediqué a tirar duro en la subida del puerto. 

Me sumí en un profundo estado de concentración, sólo perturbado por los relinchos de los caballos que había en medio de la carretera y a penas esquivaba unos pocos metros antes de toparme con ellos, porque a medida que subía, la niebla se hacía más y más densa.

Por fin llegué al último cambio de carretera del día. Ahora tenía dos opciones. Ir a la izquierda y llegar hasta El Pontón o ir a la derecha hasta Panderrueda. Como el Pontón ya lo había subido hacía unos años, hoy tocaba girar a la derecha, así que me quedaba poco de subida. Sólo cuatro kilómetros que transcurrirían por una carretera muy pequeñita de montaña, entre un bosque muy denso de robles y un banco de niebla con igual o mayor densidad. Pero os aseguro que la escena parecía de cuento, aunque no sé si de hadas.

Tocaba hacer una paradita para sacar foto del momento...



Me debatía entre estar hasta las narices del día de mierda que me había tocado o estar super contento y victorioso por estar superando semejante ruta en tremendas condiciones. Como yo soy muy positivo, iba ganando lo segundo.

Y comencé la ascensión final del puerto. Lo cierto es que la niebla estaba envolviendo todo de algo especial. Lo estaba envolviendo de algo que haría que ese día jamás en mi vida se me olvide. Estoy seguro de que en mi lecho de muerte, y espero que sea dentro de muchos años, ese día lo recordaré perfectamente.

Mi cara estaba manchada de agua, sudor, arena de la carretera. En definitiva, mi cara reflejaba el esfuerzo de aquel día, pero mis ojos brillaban de forma triunfal, porque nada ni nadie estaba pudiendo detenerme en mi hazaña.




Estaba llegando a un punto en el que no quería que ese día se acabase. No quería terminar. Estaba disfrutando enormemente de la bicicleta allí, en aquel mágico lugar y con ese clima, que supuso en todo momento el ingrediente final que hizo de esa ruta, una de las mejores de mi vida.

Y de entre la niebla, por fin apareció el cartel marrón del puerto. Ahí estaba el reto. Ahí estaba Panderrueda.


Lo peor del día es que desde ese punto, con un día claro, las vistas son impresionantes, sin embargo, como podéis ver en la foto, el panorama no era el adecuado.

Sólo quedaba bajar. Y no era algo menor, porque si las subidas estaban siendo de ciclismo de otros tiempos, la bajada de este puerto se presentaba muy peligrosa. De este otro lado, las partes con niebla estaban muchísimo más mojadas. 

Rápidamente la niebla dio paso a la lluvia. El asfalto estaba muy resbaladizo. Cada curva se estaba convirtiendo en todo un reto de precisión a la hora de tocar el freno. Siempre he creído que si eres un buen bajador o no, se mide en días como ese. Rápido es muy fácil bajar. Pero tocar el freno en un día de lluvia es como tocar el solo de guitarra de Kirk Hammett en Battery. Espero no resultar muy presuntuoso, pero puedo deciros que yo sé bajar.

Y por fin llegué a Posada de Valdeón de nuevo. Sólo quedaban unos pocos kilómetros. Ya lo tenía chupado. 


Tras superar alguna que otra rampa al 20% que hacía unas horas eran en bajada, cada vez me quedaba menos para llegar al final del día. Había sido duro y mi cuerpo lo estaba notando. No me habían salido muchísimos kilómetros, pero las condiciones habían sido extremas y no fui muy despacio que se diga.

Por fin volví a notar el incómodo adoquín de Caín. Por fin vi a Klaus de nuevo. 


El día se había terminado, pero acababa de nacer un recuerdo en mi memoria imborrable. Uno de los mejores días que he pasado sobre la bicicleta. Grandiosa ruta.