jueves, 23 de abril de 2015

Club Ciclista Asfalto León: Foncebadón y Manzanal.

¡Hola a todo el mundo!

Todo empezó como siempre. "Podíamos hacer algo el domingo, ¿no?" En principio no había un plan concreto, hasta que el gran Vega dejó caer algo. "Foncebadón-Cruz de Ferro y Manzanal"

Sólo con mencionar esas dos buenas subidas, ya comenzamos a organizar el operativo. Que si quién va, que si cómo vamos, que si a las dos no estamos en casa ni de coña, etcétera, etcétera.

El tiempo no era algo que fuese muy fiable, así que sería un día complicado en cuanto a lo meteorológico. No porque supiésemos a ciencia cierta que nos iba a llover, sino porque no teníamos ni la más remota idea de qué sorpresas nos tenía reservado el clima.

Quedamos en Trobajo, a eso de las 9:30. Íbamos a tener alguna baja importante como David, Roberto, Juanjo, Fernando y, además, el Buka, con el que pasé la noche del sábado cenando en su casa y comprobando el trancazo que maneja. "No voy nada fino, tío". Pero es lo más normal del mundo, habida cuenta del catarrazo tremendo que tiene y, aún así, ha salido algo para probarse. Se va a recuperar y yo estaré ahí para protegerle del viento.

Cuando llegué (un par de minutos tarde, otra vez) ahí estaban "Los Vega y Cecilio". Iríamos en la furgo del Titán de la Sobarriba, que ya es una más de nosotros, a buscar a Rubén, que ya ha hecho un par de rutas con nosotros y parece ser nuevo fichaje del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN.

Las rutas de Vega siempre tienen un componente de misterio por varios motivos. El principal es que, a pesar de contarte los puertos gordos que vamos a subir, siempre se reserva varias sorpresas en forma de "micro puertos sin nombre ni cartel" que te dejan patas arriba. Otro motivo suele ser la cantidad de kilómetros. Te da ese dato, pero suele ser orientativo y, por regla general, tiende a quedarse corto.

Pero aún no habíamos empezado a dar pedales. Acabábamos de llegar a Astorga, ya teníamos montadas las bicis y teníamos localizado un bar con un gran pincho de tortilla. Eso pide parada obligatoria, sin duda.


Una vez sentadas las bases del espíritu de nuestras rutas sociales de los domingos, comenzamos a dar pedales por una carretera por la que ya habíamos rodado en otra de nuestras escapadas y, en tan sólo cuatro meses de actividad, llevamos hechas muchas rutas, llamémoslas, especiales. La cosa marcha más que bien.

Dejamos atrás Castrillo de los Polvazares y a los pocos metros, nos desviamos por la carretera que nos llevaría a Santa Colomba de Somoza, lugar en el que comenzaríamos la primera ascensión del día. El puerto de Foncebadón-Cruz de Ferro.

Mientras avanzábamos, el cielo nos amenazaba con un poco de todo. Lluvia, frío, viento, nieve...¡DE TODO! Y también sol. Uno no sabía si ponerse el chubasquero, quitarse los guantes, ajustarse la braga (cuello polar, que íbamos con señorita) o qué demonios hacer. Lo mejor fue adaptarse a lo que nos fuese tocando. La temperatura, al menos, no era mala, al menos, de momento.

Llegamos a la base del puerto y yo tenía intención de subirlo apretando el ritmo. Llevaba varios días sin coger a "La Americana" y tenía mono. Además, quería hacerle un estress-test, porque estuve limpiándola y engrasándola a conciencia, un par de días atrás. El problema de esto último fue que casi me cargo la patilla del cambio y no sabía cómo iba a responderme el grupo, así que tenía que estrujarla.

Engrano plato grande, subo un par de piñones, me pongo sobre bielas y, sin mirar atrás, aumento la velocidad. Una vez arriba, daría media vuelta y coronaría con todos, así que no me despedí. Metro a metro, peregrino tras peregrino, porque esto es Camino de Santiago y hay a patadas por esta carretera, comprobé que "La Americana" iba como la seda y que yo, más o menos también.

El problema comenzó a ser otro. Y es que la temperatura se desplomó en cuestión de un par de kilómetros y a penas superaba los 8ºC. A mi paso por el pueblo de Foncebadón, la temperatura bajó incluso más, no superando los 5ºC. Con el cuerpo sudado por el esfuerzo, esto era algo que no me estaba gustando mucho, pero era lo que había. Contra el tiempo no se puede luchar.

Pero ya no quedaba nada para coronar. A lo lejos ya se podía contemplar la Cruz de Ferro que marca la entrada a "Territorio Bierzo" y señalaba el final de mi aventura en solitario porque, sin echar pie a tierra, me di la vuelta y me fui a buscar a los demás.

No tardamos en reagruparnos y coronar, esta vez sí, como debe de ser. Como colegas.



Pero no podíamos quedarnos ahí arriba mucho tiempo. El frío era tremendo y, sobre nuestros cuerpos sudados, esto no va bien, con lo que después de colocarnos algo de ropa, nos tiramos para abajo. Aunque no es del todo cierto, habida cuenta de que el descenso propiamente dicho, se sitúa después de una especie de meseta que debíamos de superar, así como algún que otro repecho potente que aún quedaba.

Pero al final, el valle se abrió, no sin antes recibir algún sano consejo...


Algún que otro metro después de ese punto informativo, pudimos contemplar el valle de La Herrería. Sólo puedo decir que no me esperaba un espectáculo tan formidable como ese. Un valle profundo, de monte bajo, sobre todo brezo en flor, que le daba a la "fotografía" unas notas de color que al día aún no tenía.


El sol bañaba la ciudad de Ponferrada. Los cambios de temperatura seguían castigándonos seriamente, pero la parada se convertía en obligatoria cuando llegamos a El Acebo, un pueblo muy singular y precioso. Es tan singular que para las bicicletas de carretera es un tanto problemático porque el piso de toda la calle principal está cubierto de un empedrado muy característico.

Seguíamos con el rápido descenso porque, por esta vertiente, el Puerto de Foncebadón es todo un señor "Hors Catégorie". Tremendas rampas las que estábamos bajando que, sumado esto al paisaje por el que transitaba esta carretera, hicieron del descenso algo maravilloso. Volveré a subirlo y no tardando demasiado.

Nuestro objetivo era llegar a Molinaseca para tomar allí algo. Nuestra especialidad. Los bares en ruta. ¡Cómo nos gusta, rediós! Y qué bien que se estaba a más de 15ºC, pero el frío ya lo teníamos metido en los huesos. Esta sensación heladora que te impide entrar en calor por buen clima que haga. Necesitábamos alguna rampa para sacar esa horrible sensación del cuerpo.

Vega nos ayudó a ello porque, si bien él era el único que no sentía frío, cerca de Molinaseca se situaba una de las sorpresitas de don Juan Carlos. Nada más salir del pueblo, abandonamos la carretera que nos llevaría hasta Ponferrada y viramos a la derecha por una carretera que formaba parte del trazado original del Mundial de Ponferrada 2014.

Nos encaminamos hasta un pueblo llamado El Poblado. Hasta ahí todo correcto pero es que, hasta llegar a ese pueblo, hay entre medias un kilómetro y medio, digamos, de calidad.

Lo primero de todo el plato fuera, por el qué dirán, y lo segundo, sobre bielas, cada uno que aguante lo que pueda. Tremendo rampón que, sin duda, expulsó de nuestros cuerpos la sensación de frío. Terminaba en un pinar y yo, para que no decayese el buen humor tras el esfuerzo, me metí por una pista forestal con "La Americana". En fin. Luego que por qué pincho.

Los siguientes kilómetros, a parte de encontrarnos con otra sorpresita de éstas, justo antes de llegar a Castropodame, fueron muy tranquilos. De hecho, demasiado tranquilos porque la zona era un poco fantasmagórica. Contaba con algún pueblo abandonado, infraestructura minera en desuso y cosas así. Daba la sensación de que estábamos rodando por un pequeño Chernobyl.

La temperatura parecía estar, por fin, estable en unos 15ºC, y estábamos haciendo una parada precisamente en Castropodame. No sería la última antes de regresar a Astorga. Nosotros somos de socializar.



El Titán de la Sobarriba, es decir, Cecilio, Rubén, Susana, Vega y yo, seguíamos avanzando por estos parajes bercianos que, he de decir, han supuesto para mí una grata sorpresa. ¡Qué maravilla de paisajes! Montes cubiertos por brezos que dan un toque de color increíble a kilómetros a la redonda. Mientras dábamos pedales, no hacía más que pensar en que no tenía vergüenza de no conocer esta zona. Aquí al lado y, sin embargo, casi desconocida. Voy a corregir esto, os lo garantizo.

Y llegamos a Bembibre y pusimos rumbo a Torre del Bierzo por la carretera antigua. "La más antigua de todas", hacía hincapié Vega. Carretera buena, ancha, rodeada de monte y casi sin tráfico. Siempre picando para arriba porque, según algunas altimetrías, desde la salida de Bembibre ya se considera Puerto del Manzanal, que era lo que estábamos subiendo.


Nuestra última parada ya estaba hecha y ya no nos quedaba más remedio que acometer el puerto. Tendido y suave, la verdad. Fácil de subir, aunque esto siempre lo dictamina la velocidad a la que se haga tal cosa, pero nosotros a estas alturas de la película no teníamos ganas de acelerones.

Subíamos en grupo mientras charlábamos. Que si uno dice una chorrada y otro, dice una mayor. El Titán de la Sobarriba casca un chiste y nos descompone un poco a todos al hacernos reír. Así nos las gastamos en el Club Ciclista Asfalto León.

De esta forma, como podéis comprender, en menos de lo que canta un gallo ya teníamos el cartel marrón delante. Y lo ves y casi te da hasta pena de que se acabe la subida porque lo íbamos pasando genial. En las bajadas no podemos charlar tan cómodamente como subiendo. Yo creo que esta es la razón por la que a todos nosotros nos gusta más subir puertos que cualquier otra cosa. Llamadme excéntrico, quizás.


Ahora sí que ya sólo nos quedaba una bajada hasta Astorga. La ruta tocaba a su fin y dejaba un poso de satisfacción muy bueno. Gran ruta, gran compañía, grandes sorpresas, grandes momentos y muchas ganas de trabajar para pergeñar la siguiente escapada del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN. ¡Y eso que ya van unas cuántas!

Sólo nos quedaba rematar como se merecía la gran jornada de CICLOTURISMO que estábamos viviendo.


Esta pasión, que es el cicloturismo, compartida con estos amigos, deja un regusto formidable. Las ganas enormes de seguir haciendo cosas, son un síntoma muy positivo de lo que está siendo este año y estos proyectos.

viernes, 10 de abril de 2015

Tesoros del cicloturismo. Gamoniteiro y Ermita de Alba.

¡Hola a todo el mundo!

Os pongo un poco en antecedentes. Hace ya unos añitos, como cuatro o algo así, alguien me habló de una subida, cerca de La Cobertoria, que llegaba muy muy muy muy arriba y que tenía unas rampas de esas que se agarran de verdad.

El tiempo y más conversaciones me enseñaron que esa subida se llamaba El Gamoniteiro y yo tenía desde aquel momento la intención de subirlo pero resulta que, por unos motivos u otros, no me estaba resultando fácil.

Un día, Buka quedó con Vega y Susana para hacerse unos puertos por la zona de Quirós y, ¿adivináis qué puerto subieron?

- Menudas subidas más guapas, Dani. Subimos un puerto, con un nombre raro...Gamo...Gamon..

- ¿Gamoniteiro?

- ¡Exacto!

Total. Que Buka ya lo había subido y a mí se me seguía resistiendo. Lo más cercano a subirlo fue el año pasado, durante una de mis incursiones en terreno Astur, el Gran Día en el que subí L'Angliru. Aquel día tenía intención de salir de Pola, subir La Cordal, Angliru, volver a subir la otra vertiente del Cordal, meterme por Cuchu Puerco y, una vez en la carretera de La Cobertoria, llegaría hasta arriba. La cosa es que por aquí se pasa por el desvío que conduce al Gamoniteiro, así que allí decidiría porque después del palizón que llevaba encima, no quería pasarme y no disfrutar la subida.

Justo antes de llegar al desvío, una especie de conato de calambre en una pierna me indicó que aquel día, con llegar a Cobertoria y bajar hasta Pola tenía más que de sobra. Si a esto le sumamos que justo en la cima, comenzó a pintear agua, pues día completo.

Para más inri, resulta que las cabezas pensantes de La Vuelta a España han incluido un final de etapa para este año en Quirós que terminará en la Ermita de Alba. Puede que no tenga mucha relación con lo contado al principio pero es que resulta que ambas subidas no quedan muy lejos una de otra, con lo que cualquier amante de los puertos de montaña como soy yo, comienza a trazar rutas que conectan ambas ascensiones.

Pero la casualidad ha querido que Susana y Vega hayan querido formar parte del proyecto que tanto me ilusiona, el CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN, y ¿sabéis lo que llevan diciendo desde el primer día que dio comienzo la andadura del Club?

- ¡A ver cuándo os animáis a venir un finde a Quirós y hacemos una etapa con Gamoniteiro y Alba!

Así que tal oportunidad ha surgido este pasado fin de semana, con ocasión de la Semana Santa en la que "Los Vega-Álvarez" pasarían unos días en el territorio de Susana, que no es otro que el Concejo de Quirós.

A mí me coincidía fenomenal, así que me apunté a nada que me invitaron. No podía dejar escapar la oportunidad de subir ni Cobertoria, ni Gamoniteiro, ni la Ermita de Alba, pero lo más importante. No podía dejar pasar la oportunidad de pasar un fin de semana con gente tan fantástica como son Vega y Susana.

Y allí estábamos. Susana, Vega, otro compañero del Club BTT Pelayo, con el que habíamos compartido kilómetros en las rutas de Cerredo del año pasado, llamado Rubén, y un servidor. Seríamos los cuatro valientes que nos lo íbamos a pasar como enanos. Eso lo teníamos claro.

Lo que pintaba un poco regular era el día, que amaneció con bruma y el sol no parecía tener muchas ganas de manifestarse. Además, calor, lo que se dice calor, pues no hacía. Las primeras dudas surgieron. Que si guantes largos o cortos, que si térmica o no. ¡Qué dudas!

Todo quedó resuelto al ver pasar a un grupo de ciclistas que bajaban de Cobertoria. Muchos de corto, con cara de frío, eso sí, pero de corto, así que decidimos salir con un poco de todo. Sin ir más lejos, yo salí con guantes largos que me puse para salir, me los quité a los dos kilómetros y no los volví a poner.

Salimos de Bárzana de Quirós en dirección a la subida de La Cobertoria, pero lo haríamos por Lindes, subida ésta más tendida y presidida en todo momento por Peña Rueda, una pirámide natural increíble.


Carretera estrecha, bacheada pero sin ser algo molesto, cubierta de vegetación dormida, porque la primavera acaba de empezar, un riachuelo acompañándonos y el sol se había impuesto con claridad. Todo pintaba muy, pero que muy bien.


Si bien esta vertiente no tiene los rampones de las otras dos caras de la Cobertoria, por este lado no paras de subir y en lugar de poco más de diez kilómetros, estamos hablando de un puerto de veinte kilómetros, con lo que lo que le falta de una cosa, se compensa con otra.

Pero más allá de desniveles, datos y de más, el día se trataba de otra cosa. Se trataba de otro ciclismo. Se trataba de CICLOTURISMO. Cada pedalada era un punto más a nuestro favor. Cada pedalada era un momento para el recuerdo. Cada pedalada era un motivo más para seguir haciendo lo mismo.

Las sensaciones que iba teniendo en cada metro de ascensión son tan indescriptibles que incluso a alguien tan locuaz como yo, se le hace casi imposible describirlo con palabras.


Estábamos en la mitad de la subida y para continuar había que afrontar un rápido descenso a través de una carretera, la QU-5, en malas condiciones. Muy estrecha, con las humedades propias de estas fechas, la mayor parte de las curvas eran ciegas. Debíamos de tener mucho cuidado. "¡COCHE!", se le escucha decir a Vega, que es quien conduce la bajada. Yo le copio. Un todo terreno, el de la Guardia Civil, es el que casi nos comemos, y eso que somos cautos y prudentes. ¡Imaginad si fuésemos mal!

No quedaba nada para la cima de La Cobertoria y la vegetación nos empezaba a dejar contemplar la maravilla que es toda esta zona. Unos valles profundos que dejan intuir algún que otro pueblecito. Cuento de hadas, se podría decir. Y mientras estaba ensimismado en todo esto, justo delante de mí, ahí estaba el primer objetivo del día.


Ya habíamos hecho presa y esto no había hecho más que empezar porque en todo momento podíamos ver el repetidor que hay en el Gamoniteiro. "¡Hoy no te me vas a escapar, condenado!", le repetía una y otra vez, siempre que lo tenía a tiro.

Y comenzamos a bajar en dirección al desvío hacia el coloso. Hacia, prácticamente, el cielo. Y es que, como se puede ver en las fotos, no había ni una nube que ensombreciese nada. "Lo he subido once veces y nunca había pillado un día como el de hoy", comentaba Vega. Yo no quería decir nada, pero la verdad es que suelo tener suerte con el tiempo en mis incursiones astures. Dicho lo cual, es muy probable que jamás vuelva a ver la luz del sol en el Principado. A ver si sigo con mi racha.

Alcanzamos, en nada y menos, el cruce que nos conduciría al repetidor. Y es curioso porque casi siempre que Juan Carlos organiza una ruta, acabas en un repetidor, pero sarna con gusto no pica.

Las primeras rampas, la verdad es que no son duras. Ni siquiera pican las piernas, pero es justo esto lo que quiere que pienses el Gamoniteiro. Quiere que le trates como a uno más. Pero yo ya venía aleccionado. La clase maestra me la dio el año pasado su vecino el Angliru. Él me había dicho que "SOMOS LO QUE LOGRAMOS", y que lo más probable es que nos costase, pero que al final del todo, la recompensa en forma de satisfacción era inmensa. También me dijo que él era el más duro de todos los puertos Asturianos, así que sabiendo eso, Gamoniteiro me costaría, sí, pero que podría con ello.

Y más teniendo en cuenta que este año, en todos los aspectos, estoy mejor preparado para subir puertos que nunca. Cambio de estilo de pedaleo a la hora de subir. "Te pasas más tiempo sobre bielas que sentado", me dijo Vega. Y es que así subo mejor. Es uno de los cambios. Me lo enseñó el Angliru y La Camperona, ésta última subida fue la que me picó a, no sólo intentar, si no a buscar puertos extremos.

Y ahí me veía yo, rodeado de cimas inmensas, rocas peladas, prados llenos de caballos, buitres volando a escasos metros de nosotros y, sobre todo, tres compañeros de subida formidables. Nadie exigía nada a nadie, todos sabíamos que íbamos juntos y todos sabíamos que llegaríamos juntos de uno u otro modo.

Pero esta subida era algo personal, llevaba mucho tiempo detrás de ella, así que sobre bielas, apreté un poco el ritmo, me concentré y el Gamoniteiro comenzó a hacer que mis piernas picasen.


Una vez que ya te pones en modo "ascensión", en mi caso siempre me pongo en lo peor. Siempre pienso que un muro imposible e infinito va a aparecer al otro lado de cualquier curva, así que en el momento en el que una zona hormigonada se interpuso en mi camino, me imaginé que sería así hasta arriba, ¡y aún quedaban varios kilómetros!. Pero por fortuna esta zona sólo duró unos cien metros. Menos mal.

Y qué reconfortante es cuando personas que están pasando el día en la montaña y ven cómo te esfuerzas y te retuerces sobre la bicicleta, te regalan alguna palabra de ánimo en plan "vamos, campeón" o mi favorita. "¡Venga, que ya lo tienes!", a pesar de que aún falten varios kilómetros. Y en esta subida no te consiguen engañar porque puedes ver la antena en todo momento.

Llega un momento en las subidas a los puertos en el que el dolor de piernas desaparece. Da lo mismo las rampas que se crucen en tu camino porque ya no hay dolor, ya te da todo lo mismo. Pero lo más curioso del asunto es que en ese preciso y precioso momento es en el que más estás disfrutando. Es el momento en el que más te fijas en el paisaje, en la carretera, en la sensación del sol sobre tu piel o el viento rozando tu cara. El momento en el que la lluvia desaparece y el frío deja de ser doloroso. El momento por el que has sacado tiempo de donde no lo hay para entrenar y poder estar preparado para subir puertos.

Y este instante dura hasta que ves el cartel marrón con el nombre del puerto en cuestión o, en el caso de este magnífico día, hasta que te das de frente contra una antena gigante que marca el punto final de esta preciosa y muy recomendable subida.


Este pequeño rato de soledad me permitió hablar en solitario con el señor Gamoniteiro. Me permití el lujo de decirle que había sido un placer y que no sería la última vez que nos volveríamos a encontrar. También le dije que su amigo y vecino Angliru me parece más duro, pero que es un digno final de Vuelta a España.

Y poco a poco, fue llegando el resto de la tropa...


Allí, todos juntos, con el espectacular día que teníamos, pudimos comprobar la inmensidad de la Cordillera Cantábrica. Podíamos ver los Picos de Europa perfectamente, allí a lo lejos, allá abajo. ¡Menudo regalo que la naturaleza nos estaba brindando!


Pero había que bajar y por lo que pudimos comprobar durante la subida, salvo dos pequeños tramos de hormigón, el resto de la carretera estaba bastante bien, así que sería un descenso para disfrutar. Para disfrutar y para detenernos y sacar unas buenas fotos. El único problema de hacer esto último era escoger dónde sacar la foto porque, insisto una vez más, el día estaba siendo impresionante.

Todos los planos eran preciosos. También se podía ver el siguiente gran objetivo del día, La Ermita de Alba. Lo que no se podía ver con claridad eran las últimas rampas de Alba, pero eso lo comentaré en un ratito.


Por el momento estábamos bajando el Gamoniteiro y, además, también debíamos de bajar la Cobertoria en dirección a Bárzana de Quirós. Esta segunda bajada, ya con una carretera estupenda, supuso que la velocidad, las tumbadas, el acople y todo lo demás que se suele hacer en una bajada, aumentase, cambiase, mejorase o lo que sea. La cosa es que bajábamos como tiros. Las curvas eran amplias, sí, pero los porcentajes que hay de este lado hacían que algunos giros se te hiciesen cortos y el quitamiedos se acercase demasiado, pero no tuvimos ningún susto.

Y llegamos al punto de inicio. Bárzana. Aquí el equipo se dividía. Susana y Rubén quedaban en casa y Vega y yo continuábamos para acometer la subida a La Ermita de Alba.

Los primeros y únicos kilómetros llanos de la jornada los íbamos a vivir justo antes de alcanzar el desvío para Salcedo y Alba, en donde nos encontramos las huellas de un compañero y amigo de esto da las subidas, como es Marce Montero.


Y comenzamos la subida. Yo, lo único que conocía de este reto era que iba a ser final de etapa de este año, que tenía rampar de quitar el hipo y que no era excesivamente larga, pero poco más. Dónde estaban los rampones sería algo que descubriría sobre la marcha ya que me había centrado mentalmente muchísimo en el Gamoniteiro.

Carretera estrecha, de asfalto con brea líquida en días calurosos. La típica carretera que a mí me enamora a primera vista como así sucedió desde el primer metro de la subida. La verdad es que una vez que te metes en materia en esto de subir puertos, llega un momento en que te da igual lo que te echen, o al menos eso me pasa a mí, así que estaba disfrutando muchísimo de todo lo que nos rodeaba a Juan Carlos y a mí.

La primera parte del puerto estaba siendo bastante normal. Tenía sus momentos de dureza, sus curvas de herradura, pero nada por lo que puedas pretender echar el pie a tierra o algo así. Pero llegamos a Salcedo y algo parecía cambiar. Sobre todo lo notaron las piernas.



Y justo aquí, la subida a La Ermita de Alba demuestra por qué va a ser foco de atención mundial en la próxima edición de La Vuelta Ciclista a España.

Podríamos definir esta subida como una sucesión de escalones. Primero te topas con una pared al 20%, tienes un "descanso" al 12% y te vuelves a encontrar con un muro al 20%. Y así todo el santo rato hasta que llegas a la parte final. Y es que en la parte final, en lugar de un desnivel al 20%, te encuentras con una rampa de garaje a más del 25% por ser conservador y no pasarme. IMPRESIONANTE.


Tras una buena conversación con un motorista que también era ciclista y estaba estudiando la subida, nos sacamos las pertinentes fotos con el logro y encaramos el descenso.

Un descenso que tiene su miga porque hay partes un poco desconchadas que te encuentras en plena curva a 60 kilómetros por hora, medio tumbado, así que es algo peligrosilla por este hecho. Lo cierto es que Vega y yo la bajamos bastante alegremente, también es verdad.

Ya sólo nos quedaba llegar a casa donde nos esperaban Susana y Rubén con algunas que otras barritas energéticas...


¡Qué fin de semana más fantástico! Ruta en bicicleta impresionante, puertos de montaña de los que se recuerdan para siempre, paisajes increíbles, risas casi constantemente y, esto es lo más importante, unos compañeros y amigos de primera especial. No sé cómo agradecerles este fin de semana. Lo que les califica como personas es la respuesta a esto último. "Viniendo más veces, Dani".

Contad con ello, amigos míos. Contad con ello.

martes, 31 de marzo de 2015

Una de Moto GP, casualidades, aventuras e ilusiones.

¡Hola a todo el mundo!

Curiosa. Muy curiosa la última semana. Digamos que hemos pasado por estos lares norteños, por todo tipo de estaciones. Me explico.

Si contamos, en este ir y venir climático, desde el domingo pasado, me ha caído encima nieve, también agua, algo de niebla en la cima del Puerto de Aralla, también pude "disfrutar" de muchísimo frío, muchísimo viento y de más familia. 

Sin embargo, desde hace dos o tres días, el mejor resumen que os puedo hacer es el siguiente...


Y ya había ganas por aquí. Menudo invierno como mandan los cánones hemos padecido. Por eso, días como los que estamos teniendo, los disfrutamos tantísimo. Sin ir más lejos, el pasado fin de semana ha estado muy bien. 

Tuvimos salida del CLUB CICLISTA ASFALTO LEÓN. Sábado y domingo, pero esta vez, desde León capital, para variar un poco. Y también, para variar un poco, el sábado éramos mucha más gente que el domingo. 

De hecho, el domingo salimos el Buka y yo solos, en amor y compañía. Y cómo nos presta, ¡madre del cielo! 

Cuando salimos juntos en bici, y de cervezas también, tenemos ese tipo de relación en la que, sin necesidad de decir las cosas, las hacemos y punto. 

El sábado, fue curioso, pero sin tener que hablar y concretar que nos íbamos a castigar duro, lo hicimos. ¡Vaya que sí! En un abrir y cerrar de ojos, nos vimos a 38 km/h, contra el viento y rodando en paralelo. Y el domingo, repetimos operación en varios tramos.

Pero los domingos, como son sagrados, hicimos parada en La Robla para tomar unos cafés y unas torrijas y, de esta manera, las juntamos con la que ya tenemos nosotros de serie y con la que somos tan felices. Pero, eso sí, cuando pudimos sentarnos en el bar a tomar estos manjares, ya estaba todo quemado y bien quemado porque, qué cañita nos dimos.


Subimos por el embalse de Selgas, momento en el que nos adelantaron dos moteros como a 150 por hora y, por el canto de un duro, no se dan de morros con un grupo de ciclistas que iban rodando muy elegantes ellos, por el arcén....DE LA IZQUIERDA, con cola de coches por detrás, tres en concreto, que seguramente estaban super contentos. Por cierto. En el punto en el que vimos tal aberración, existen cuatro carriles, así que calculad lo bien que iban los compadres. Por cuestión de tres minutos, los moteros, que iban demasiado rápido, no se trincan a cosa de veinte ciclistas. Los moteros, mal. Los ciclistas, lamentable. Pero eso es otro tema en el que no voy a entrar y quien quiera, que pregunte.

Y por otro lado, como han cambiado la dichosa hora de invierno (menos mal), hoy lunes ya he podido salir del curro con más relajación, coger la bici y rodar más tranquilamente sin miedo a que se me haga de noche en un abrir y cerrar de ojos.

Esta semana, lo que centra mi atención es el próximo finde, porque doy comienzo a la temporada de puertos. Los Vega, con sede en el Concejo de Quirós, me han invitado a pasar allí, en su territorio, sábado noche y domingo. Y como ya me conozco yo el paño, me parece que la ruta que vayamos a hacer llana, como que no será.

Es más. Para concretar un poco, Vega lleva tiempo detrás de mí para que, en la misma sesión, nos merendemos La Ermita de Alba, final de Vuelta a España de este año, y el dichoso Gamoniteiro, que me lleva persiguiendo un año ya. Parece gritar desde allí arriba, "súbeme si te atreves". Pero qué chorrada. Claro que me atrevo y, es más, estoy diseñado para esas cosas, así que, este finde toca GLORIA.

El año pintaba ilusionante y glorioso. Según van avanzando los días, las semanas y los meses, todo esto se confirma. Las motos, los arcenes, la compañía, las aventuras y los puertos me lo van confirmando.