lunes, 14 de abril de 2014

Vega, patrimonio de la humanidad.

¡Hola a todo el mundo!

Ayer fue un día muy especial. Todo empezó a mitad de semana. Estaba trabajando y escuché el inconfundible sonido de un whatsapp en mi móvil. 

"El sábado, ruta de carretera"

La verdad es que no tendría que ser algo realmente llamativo. Ya he vuelto a la bici y el sábado, suele ser día de ruta de carretera, pero lo especial del asunto era la persona quien me mandaba ese mensaje.

Os voy a hablar de alguien especial. Hace unos cuantos años, yo tenía un bar (otro) en el que tenía cerca una tienda de bicicletas. Yo ya salía a entrenar y todo eso, pero me tomaba el ciclismo como algo en soledad, en plan entrenamiento de rendimiento y cosas así.

Comenzó a ir por el bar el mecánico de la tienda de bicicletas. Ya nos habían presentado, pero yo no sabía que trabajaba en la tienda de bicis. Un día, hablando con él, resulta que habló no sé qué de rutas de bicicleta y yo debí de decir "¡pero si yo también ando en bici!". Total. Que comencé a ir por la tienda de bicis y el resto de la historia, casi ya la sabéis.

La cosa es que con Juan Carlos, que es el nombre del mecánico, comencé a hacer amistad. Más tarde, otras amistades, resultaron ser comunes, como el clásico de este blog, Bukanero.

El caso es que por unas cosas o por otras, nunca había tenido la oportunidad de salir a rodar junto con Juan Carlos. Por cierto. Dentro del mundillo del cicloturismo leonés, Juan Carlos, es más conocido como Vega y pasa por ser el mejor mecánico que hay por aquí, os lo aseguro.

Así que, recibir un mensaje de Vega para hacer una ruta, era algo que, no sólo me llamaba la atención. Era algo que no podía dejar de hacer.

Como he dicho antes, Buka también es colega de Vega, así que éste también le había avisado para la ruta, así que el plan era hacerla los tres, en amor y compañía....

A la siniestra, el sonriente Vega, a la diestra, el mimoso Buka, y en el centro mi pedrada y yo.
Uno de los mayores alicientes que yo tenía para ir, eran los conocimientos de Vega. Cómo poder explicaros la cantidad de datos que tiene Veguita en la cabeza. No hay camino o carretera que él no conozca de una u otra forma. Él es aficionado a la fotografía. De hecho, tiene un libro de fotografía publicado. También organiza rutas de BTT, que cartografía. Bueno, en fin. Es acojonante. Puedo asegurar, sin temor a confundirme, que será la persona de la provincia que mejor conoce todas las veredas, caminos y carreteras por pequeños que éstos sean.

Habíamos quedado a las nueve de la mañana para ir en coche hasta La Garandilla, un pequeño pueblo de Las Omañas. Desde ahí, haríamos una rutilla de unos sesenta kilómetros sin ningún triste metro plano.

El Buka y yo, llegamos a la hora prevista y comenzamos a meter las bicis en el coche de Vega. A decir verdad, llegamos unos cinco minutos tarde, pero como la Grupeta Cicloturista León había quedado a la misma hora no muy lejos de ahí, pues nos encontramos con alguno que otro y le dimos a la lengua. Incluso nos encontramos con Juanjo, que estaba trabajando. Qué bien le queda el amarilla fosforito, madre mía.

A los cinco minutos de comenzar nuestro pequeño viaje hasta La Garandilla, nos topamos con toda la grupeta, que iba a hacer una ruta de 130 Km, no muy lejos de donde la haríamos nosotros.

Por supuesto, bajamos las ventanillas y comenzaron los improperios. 

-¡Inútiles! No sabéis rodar. No hacéis más que estorbar en la carretera.
-¡Vagos! ¡Gordos!

En fin. Estamos bastante mal todos y cada uno de nosotros, pero qué le vas a hacer. Es lo que hay.

Paramos a tomar un café en Riello. La verdad es que yo no tenía ni idea de por dónde íbamos a ir, pero sabía que la zona era una maravilla.

Montamos las ruedas en las bicis, nos adecentamos y salimos. 

Comenzamos la mañana, rodando por el valle del río Valdesamario. La carretera desde un primer momento picaba para arriba. Nada exagerado pero no era llano como siempre pronostican las montañas de Las Omañas. En todo momento estábamos rodando sobre más de mil metros sobre el nivel del mar y, como digo, estábamos subiendo, así que la cosa pintaba bien.

Poco a poco, nos aproximábamos al límite con El Bierzo, cosa que me sorprendió porque, a decir verdad, no sabía muy bien por dónde nos estaba llevando Vega, al Buka y a mí. Nunca había ido por esta carretera. Resumiendo. Estaba más perdido que un topo en un garaje. No os imagináis lo difícil que se me ha hecho hacer la ruta en el Bikemaps. 


Justo cuando Vega nos dijo, "aquí empieza El Bierzo", apostilló, "pero ahora seguimos por esta otra carretera y entramos en La Cepeda". Ahora sí que ya no estaba entendiendo nada, pero me daba exactamente igual, porque la zona era espectacular.

La nueva carretera, digamos que comenzó siendo camino. El asfalto era un recuerdo pero sólo durante los primeros 300 metros. Luego se transformó en la típica carretera de alta montaña de la que nadie se acuerda y menos aún la Diputación.

Monte bajo, lleno de brezo en flor, que daba un toque morado a toda la subida. Estábamos rodeando una montaña. Justo cuando giramos a la derecha, de repente, la pendiente de la carretera se puso más seria, sí, pero ahora podíamos ver toda La Cepeda y la llanura hasta el infinito. Era maravilloso.

El ritmo que llevábamos no era exigente. El ciclismo con Vega es así. Él, de joven, compitió. En categorías inferiores, dentro de sus rivales se encontraba un tal "Chava" Jiménez al cual, él solía ganar, hasta que este último pasó a profesionales y de manera misteriosa era incapaz de seguirle casi en el llano. Magia u otras sustancias, pero eso es otro tema que no compete al cicloturismo. 

Vega opina lo mismo que yo. El cicloturismo es eso. Ciclo (bicicleta). Turismo (actividad lúdico-viajera). Así que en cuanto podíamos, parábamos a echarnos unas fotos. Nuestro primer objetivo, no era el Alto del Val del Oso. Era una fuente para llenar los bidones porque, la verdad, es que estábamos secos.


Pero una vez que avituallamos e hicimos suficientemente el ganso, proseguimos la marcha. Quedaba poco más de un kilómetro para llegar a la cima pero en todo momento te sentías atraído por el paisaje. Daba la sensación de que por duro que hubiese sido el puerto, daba lo mismo. 



Pero al final llegamos a la cima y tocaba bajar. Una bajada de esas guapas en las que la bici se pone a setenta por hora con facilidad. Estábamos en territorio Cepeda y el tiempo parecía detenerse. Yo, que me gusta bajar, tomé el mando de las operaciones y en este momento, una vez más, Vega sacó a relucir todos sus conocimientos. De repente, apareció junto a mí para decirme que había que aflojar porque en el siguiente pueblo, había dos curvas muy cerradas.

A los pocos metros, de manera matemática, ahí aparecieron estas dos eses muy pronunciadas. Estoy seguro que si hubiese ido solo, me las hubiese comido. Pero vamos. Fijo fijo.

Pero no hay que olvidar que también venía el Buka. El Buka es un personaje mítico de los de verdad. Ahí, en medio de la nada, atravesando un pueblo, nos cruzamos con otro compañero ciclista que venía subiendo como un demonio, haciendo una serie y, al cruzarnos, se escucha: "¡Hombre, Buka! ¿Qué haces por aquí?"

Mientras Bukanero comentaba la jugada con su colega, Vega y yo dialogábamos con un señor que estaba haciendo cosicas en sus árboles frutales. 

Después de esto, llegamos a Requejo. Aquí había que cambiar de carretera en dirección al embalse de Villameca. La verdad es que nunca había visto este embalse y es muy chulo. ¡Y encima tiene bar! Para qué queremos más. Tocaba tomar algo y hacer un poco el indio...


Ya no quedaba nada para terminar la ruta. Después de tomar algo en el bar del pantano, sólo teníamos que pasar por unos pueblos y llegar hasta el coche pero, cómo no, Vega nos tenía reservado un regalito en forma de mirador espectacular. Un mirador desde el que se podía ver toda la zona del río Órbigo, La Cepeda entera, la zona del Manzanal del Bierzo. En fin. Algo espectacular.

La foto no representa nada bien lo que se ve desde este mirador. Os aseguro que es espectacular.
Tras llegar aquí, bajamos un puertecito, de unos cinco kilómetros, muy chulo por el que sí que había pasado alguna vez. Y esto me dejó clara una cosa. La última vez que pasé por aquí, lo hice entrenando duro con los máster. Me juego el pescuezo a que pasé por ese mirador y por todas las zonas espectaculares por las que pasamos el sábado, Vega, Buka y yo. Pero no nos dimos cuenta de nada de lo que saliese de la rueda trasera del tipo que tuviésemos delante. Qué pena de forma de entender el ciclismo.

Qué maravilla de día. Todo fue perfecto. Un día tremendamente bueno, una ruta, sencillamente perfecta y una compañía maravillosa. Espero que podamos repetir más a menudo.

domingo, 6 de abril de 2014

Domingo de sufrido rodaje.

¡Hola a todo el mundo!

Las nueve y media de la mañana y descubro que la rueda de delante estaba pinchada. "Maldición", me dije a mí mismo. Tocaba enmarranarse las manos a primera hora. En fin. Gajes del oficio.

El problema radicaba en que la salida del club es a las diez de la mañana y yo ya andaba justito de tiempo. Coloco la rueda delantera ya reparada, inflo la de detrás, lleno el bidón y salgo de casa.

Cuando llegué a la zona de quedada, estaban todos colocando las calas para marcharse. Por los pelos.

Tras los saludos y los "pero mira quién está aquí", comenzamos a rodar. Hoy me había propuesto ir con la ruta larga. No había muchas diferencias con la corta salvo el tema de la velocidad. 

La verdad es que me encuentro cada vez mejor y tal, pero hoy se salía por la carretera del Ferral, con sus continuos toboganes que minan las piernas, sobre todo si se va a mil por hora. Había que tirar de oficio.

Y este "tirar de oficio" significaba que tenía que buscar una buena rueda para seguir y refugiarme lo más posible. 

Nada más salir de León, la velocidad empezó a subir igual de rápido que llegaban los toboganes dichosos. El grupo se estiró hasta ir en fila. El ritmo era ese en el que si te despistas y dejas dos metros de distancia con la rueda del de delante, la preparas, te das un calentón de los gordos, te cortas y la gente te odiará durante todo el domingo.

Me agarraba a la cruz del manillar, agachaba la cabeza y bajaba un piñón. Se me estaban poniendo las piernas como Conan, como diría el Bukanero.

Y de este personaje tenía yo que hablar, porque fue mi opción de "rueda buena" para no quedarme cortado. En una subida en la que se ve que alguien se despistó y, cuando nos quisimos dar cuenta, el grupo principal estaba como a cincuenta metros, vi cómo el Buka se decidió por enlazar. "Esta es la mía", pensé. Y con más fe que fuerzas, me pegué a la "rueda buena" y agaché la cabeza.

Conseguimos enlazar, recibí una felicitación de mi amigo Buka y ahora me duelen las piernas. Pero el hecho es que, después de varios meses, estaba en un grupo de ciclistas de los de sacar medias de 35 km/h, lo cual era bueno por lo de superarse y haber conseguido mejorar en poco tiempo, y también era muy malo, porque, en efecto, llevaríamos una media de 35 km/h o así.

Terminamos los dichosos toboganes y ya nos adentramos en el Universo Órbigo. Zona llana, con buena carretera y sin viento, al menos hoy. Os podéis imaginar.

Tras conseguir mi objetivo de estar en el grupo, mi siguiente meta era refugiarme lo más que pudiese. Esto me permitía ver la que se estaba formando en la cabeza del pelotón. Yo ya iba bajando piñón y agarrándome abajo. 

Se estaba formando una ruleta de relevos que incluía a Sergio, jamelgo de reconocido prestigio, César, que cuando se pone necio a tirar no entiendes nada, y Buka, que está loco perdido. También había otros clásicos de los grupos rápidos. No sé cómo se llaman por eso, porque siempre te hacen ir tan rápido que no hay momento de conversar.

En esta zona hay bastantes rotondas. La salida de cada una de ellas era un suplicio. Tirón tras tirón, hacían que cada vez me picasen más las piernas, pero estaba aguantando bien. Al borde de la angina de pecho, pero bien.

Cuando nos quisimos dar cuenta, ya estábamos en Hospital de Órbigo. Ahí la carretera ya cambiaba. Teníamos que ir en dirección a León por una nacional con mucho tráfico y mucho arcén, lo cual deja éste último lleno de piedrecitas y basuras variadas.

Esta última parte cuenta con varias zonas de repechos de unos quinientos metros cada uno, totalmente rectos. Y como el grupo por aquí no bajaba de 35 km/h, se subían a esa velocidad. Resumiendo. Que la bici se estaba convirtiendo en un potro de tortura.


Ya llevábamos sesenta kilómetros hechos y faltaban como veinte o alguno más, y yo me di cuenta de que, salvo por el castigo propio de la ruta, me encontraba bastante bien. Cada vez estaba más adelante del grupo y no me encontraba mal, así que pensé que no sería mala idea entrar a los relevos. También me invitó a ello César.

-¡Vamos, hombre! Que te lo vas a pasar bien. ¡Que ya sabes lo que es!

No sé si me lo iba a pasar bien, pero la verdad es que rodar a lo bruto por este tipo de carreteras, tirando de un grupo, siempre me ha "molao", así que entré al trapo.

Primero pasa uno, luego otro y ahí estaba yo. Tirando de un grupo de calidad, con gracia y donaire. No os voy a engañar. Estuve como diez o quince minutos dentro de la rueda de relevos, no más. 

Pero ya estábamos llegando a León y me volví a refugiar en la inmensidad del pelotón. Quería terminar el día resguardado. Hubo un momento en el que me quedé el último del grupo y dejé cinco metros. Un repecho, de estos matadores, a mil por hora me estaba haciendo pupa. Menos mal que ahí estaba Jose para ofrecerme su rueda de manera sutil, porque si no, igual aún me estaban buscando. ¡Gracias Jose!

Una vez reestructurado el grupo, tocaba gestionar unas cañas antes de ir para casa. El Buka nunca me falla.

Y así pasé el domingo en lo que ha supuesto un reencuentro con los jamelgos rodadores. A estas horas estoy razonablemente bien para la tralla que nos dimos. Si no llega a ser por las cañas del final....

viernes, 28 de marzo de 2014

Primavera secuestrada en un día estupendo.

¡Hola a todo el mundo!

Y ahí estaba yo. Con ganas de disfrutar del único día de bicicleta que había podido arrancar de la dura vida del autónomo o, como se dice ahora, el emprendedor. Todo parecía genial con una rápida mirada al calendario. Primavera, veintisiete de marzo, y no estaba lloviendo. Todo apuntaba a que iba a tener un gran día de bicicleta.

La verdad es que yo, sobre una bicicleta, siempre tengo un gran día, pero todo lo demás, teniendo en cuenta que vivo en León, también conocido como Invernalia, no parecía ajustarse a lo convenido.

Culote largo y gordo, camiseta térmica, maillot de manga larga y chaqueta gorda. Un "look" de lo más primaveral.

La primera decisión que debía de tomar era importante, más teniendo en cuenta que estaba rodeado por unas nubes negras bastante amenazantes. ¿Rodaría por la zona sur o por la fría zona norte? La verdad es que siendo un día de diario, a pesar de que en dirección a las montañas haría más "rasca", ésta era la mejor opción. Demasiado tráfico por el sur. En fin. 

"¡Qué poco me apetece subir Castrillino hoy!", exclamé mentalmente, o no tan mentalmente porque hablo sólo de vez en cuando. Una especie de fuerza magnética nos arrastró a La Americana y a mí hasta el Portillín porque, ¿qué hay mejor que subir un repecho de un kilómetro, con rampas del 15% a los diez minutos de arrancar?

Llegué a la cima de este mito del cicloturismo de la ciudad y comprobé el desastre. En invierno había matado y enterrado a la primavera. La nevada que había en las montañas era de esas que te asustan con sólo mirarla. 

Casi era imposible distinguir algo parecido a rocas. Todo estaba cubierto de nieve. Parece que el general invierno ha secuestrado a la primavera hasta nuevo aviso y, por lo que dicen las predicciones, por estos lares nos va a tocar esperar.

Según avanzaba por las carreteras, pequeñas y rugosas, de la Sobarriba, se podían apreciar algunos pequeños montones de nieve. Sin ser muy grandes, lo que dejaban patente era que mi elección de vestuario, había sido totalmente acertada. El sol no lograba imponerse del todo y no conseguía calentarme la piel. Tocaba pedalear medianamente duro para no quedarse frío.

Mi objetivo, la carretera del Condado, me quedaba aún a unos veinte kilómetros. Lo mejor que podía hacer era ir por una de mis vías de entreno principales. La Carretera de Santander, esa carretera nacional pero con una cantidad de tráfico más propio de una comarcal a lo sumo. Eso sí, sin arcén, aunque por aquí nunca he tenido incidentes dignos de mención, más allá de los propios del gremio.

Siempre es genial rodar por la zona del Condado. Es una zona bañada por el río Porma, el cual me ha acompañado durante toda mi vida. Él contempló mis primeras pedaladas a lomos de aquella pequeña GAC que todo lo podía, por Boñar, lugar de juegos y encuentros en mi juventud.

Además, por el Condado parece que el tiempo va a otro ritmo. Apenas se ve gente. Apenas se ven coches. Es como retroceder en el tiempo quince o veinte años. Un poco de actividad agrícola y ganadera, nada a gran escala. Es un lugar especial. Te permite rodar, inmerso en mil pensamientos, disfrutando de todo.


Pero no me podía detener mucho porque el frío era intenso. Debía de continuar. Aún mi forma no es la de otros gloriosos tiempos y ya no me daba tiempo a quedar, poco antes de las tres de la tarde, a tomar un café. Había calculado mal. Aún no saco medias de treinta kilómetros por hora rodando solo. Me tengo que conformar con veinticinco o veintiséis.

Me volví a sumergir en el universo Sobarriba, con su rugoso asfalto y sus continuos repechitos que hacen que las piernas te piquen cada dos por tres, pero el día estaba hecho. Otros sesenta kilómetros al saco de entrenamientos, por una zona fantástica.

Lástima que el invierno haya amordazado a la primavera.