domingo, 10 de agosto de 2014

Tesoros del cicloturismo. El Fito y Lagos de Covadonga.

¡Hola a todo el mundo!

-Pues tenía intención de ir un día de esta semana a subir Lagos.
-¡Anda! Pues te acompaño.

Así comenzó la excursión cicloturista de Jorge y un servidor. El objetivo inicial era subir un repechín de nada...Lagos de Covadonga. Además, nos queríamos poner un poco barroquistas y acompañar esta subida con alguna otra, tipo La Tornería o El Fito. Éste último escollo fue el elegido para hacer de la subida a Lagos algo especial. 

Quedamos a las siete de la mañana cerca de mi casa. Sería Jorge el encargado de llevar coche y de conducir. Porque meter dos bicicletas en un Clio Sport es algo muy sencillo. Vamos. Lo mejor para despertar es jugar al tetris con dos bicis y un coche.

Una vez encajadas las bicis, ceñidos los pulpos y hechas las oraciones pertinentes para que un bache bobo no desguazase el cambio o algo así, iniciamos el camino hacia Asturias. Ninguno quería pronunciar esa palabra que estábamos temiendo. Ninguno quería ser el primero en pronunciar esa palabra que nos estremecería. Pero en la cabeza de ambos estaba La Huesera.

Entre risas y chorradas variadas, íbamos avanzando camino. El punto inicial de la ruta sería Ribadesella. La localidad asturiana en la que en otros tiempos yo, digamos que me lo pasaba muy bien, lo teníamos como centro de operaciones.

El día en Asturias era impresionantemente bueno. Y esto es algo impresionantemente difícil de conseguir. Cuando no te toca bruma matutina, te toca lluvia y cuando no, otra cosa. Aunque es verdad que últimamente no llueve tanto como hace años.

La cosa es que deshicimos el embrollo de pulpos, ruedas y bicis que teníamos en el maletero del coche. Todo parecía ir bien hasta que comenzamos a rodar. Mi bici emitía crujidos, pero bueno. Nada que me impidiese seguir adelante.

A los pocos kilómetros, advertimos Jorge y yo la presencia de un compi pegado a nuestra rueda.

-Hola, amigos. ¿A dónde van?
-Vamos a Lagos, pasando por el Fito.
-Pues yo también. ¿Podría ir con ustedes?

Como os podéis imaginar, a dos cicloturistas ultrasociables como somos Jorge y yo, esto de compartir kilómetros con gente, nos mola mogollón, así que ya éramos tres en la ruta.

Nuestro nuevo amigo se llamaba Ismael, gaditano, de vacaciones por la zona, el día anterior había ido a subir el Angliru. Entre que estaba fino fino, era joven joven y decía que el Angliru no era para tanto, os podéis imaginar cómo andaba el pieza.

Los primeros tramos hasta coger el desvío para el Fito, transcurrían por la costa, con lo que el sube-baja era continuado. Como íbamos raja que te raja, la verdad es que el letrero que señalaba el inicio del sufrimiento del Fito llegó en un "plis".

Esta primera subida es muy bonita. Arriba hay un mirador desde el que se ven los Picos de Europa y de otro lado, el mar. Es una pasada para los sentidos. Pero hay que subir hasta arriba y os aseguro que escogimos el lado duro para subir el Fito.

Comienza la subida y yo aprieto los dientes para seguir la rueda de Ismael. En seguida me doy cuenta de que este rapaz está en otra liga, así que le aconsejo que si quiere disfrutar de la subida a su rollo, es mejor que me descuelgue.

Y antes de que termine la frase, ya me había sacado 50 metros. Os puedo prometer que no exagero nada. ¡Cómo subía el condenado!

Una vez con Jorge, comenzamos a acompasar el ritmo. Subida tranquila. El día lo merecía. Hacía calor, nos quedaban muchos kilómetros por delante y las rampas a las que nos enfrentábamos, ojito con ellas. A cada pedaleda que dábamos íbamos dejando rastro de sudor. Los kilómetros no parecían dar tregua alguna. La vegetación no nos permitía vislumbrar nada más allá de unos cien metros, hasta que tomamos una curva de herradura a la derecha y, de repente, la montaña se peló.

No parecía quedar demasiado puerto, pero no por ello dejaba de ser duro. El Fito se despide del cicloturista con un par de rampas muy curiosas que hacen que no te olvides de él con facilidad.

Cuando llegamos a la cima, en medio de un montón de turistas que subían y bajaban del mirador, ahí estaba Ismael, sentado, esperando por los dos abuelos que se había agenciado como compañeros de ruta.



Tras subir y después bajar del mirador, con lo que todo esto significa al llevar calas, continuamos la ruta. Ahora tocaba bajar. Y qué le vas a hacer, pero bajar se me da bien. Algo tenía que hacer bien. Esta parte que bajábamos era mucho más larga y tendida que por donde habíamos subido. Para bajar, la verdad es que era una gozada. Curvas cerradas se combinaban con otras más rápidas en las que te podías tumbar, aunque había que tener mucho ojo con la gravilla suelta en medio del ángulo de algún giro, pero llegamos hasta Arriondas sin mayores sustos.

Entre coches y gente, llegamos a un cruce. Yo no veía más que piraguas por todas partes y es que esta localidad asturiana, es el inicio del mítico Descenso Internacional del Sella. Preguntamos a un señor por dónde teníamos que tirar para Cangas de Onís. El hombre, tras reírse de nosotros, así literalmente, nos indicó el camino. Yo es que no recordaba nada de mis visitas a Arriondas. Insisto, eran otros tiempos. Era mi época heroica.

Ya estábamos lanzados. Ya nos estábamos preparando mentalmente para subir los Lagos de Covadonga. Cuando vimos el puente de Cangas, supimos que no había más remedio. Yo olíamos La Huesera.

Ahora entendéis por qué subía tan bien, ¿verdad? Ismael, ¡¡fino fino!!
Cargamos los bidones de agua en una fuente del pueblo, porque después, pocas opciones se tienen, y pusimos rumbo a Covadonga.

En cuanto se coge la carretera que conduce a la Basílica de Covadonga y, por tanto, a la subida a Lagos, lo primero que llama la atención, sin duda es el asfalto. Para ir en coche seguro que mola un montón, pero para ir en bicicleta, os aseguro que es un infierno. ¡Me río yo del pavé! Para definíroslo, es una especie de asfalto construido con unas piedras de dos centímetros de diámetro, con poca brea. Resumiendo. Botas un montón encima de la bici. Por momentos piensas si todo eso será bueno para la burra, pero sigues porque ya total, de haber llegado hasta allí....

Tras una paradita para mear un poquitín, porque parar en medio de la propia subida nos daba cosa, ya enfilamos las rotondas previas. Y bien digo enfilamos, porque Ismael se creció y nos aproximó al puerto a 30 por hora y en plato, así que llegaríamos al inicio de la subida tostadetes.

Y, señoras y señores. Niños y niñas. Ante nosotros se encontraba ya la subida a Lagos de Covadonga.

Por la inercia de la aproximación, me vi metido en medio del ritmo de Ismael, pero miré para atrás, vi a Jorge y pensé..."Esa es mi guerra, no esta". Y así se lo comuniqué al bueno de nuestro colega gaditano.

-Ismael. Tira, que yo voy más des......

Y ya estaba en a tomar "porculo" de mí. Creo que no escuchó ni el final de la frase.

Y allí estábamos Jorge y yo. Acompasando el ritmo como podíamos. La verdad es que los seis primeros kilómetros son bastante normales. Duros, sí, pero nada inhumano. De hecho, lo que le comenté a Jorge es que se me parecía esa parte muchísimo a Hautacam. Pero muchísimo es muchísimo.

Pero ese mítico puerto francés no cuenta con una cosa que este puerto astur sí tiene. Y fue Jorge quien me presentó lo que iba a suponer un reto total y absoluto.

-Bueno, Dani. Mételo todo que aquí empieza La Huesera.
-Me cago en.....

Y omitiendo lo que dije, ahí se nos presentaba esa rampa que hace las delicias de.....de nadie en su sano juicio.

Para quien no lo conozca. Vienes de una zona llena de árboles que no te dejan ver nada más allá de la carretera. Giras a la derecha y ahí acaban todos los árboles y empieza un tramo de ochocientos metros como al 15%, recto, que te permite ver desde el principio al final del calvario.

Pasamos de subir como a 13 por hora o así, a 5 por hora. Lo que viene siendo un drama, vamos. Decidimos desde el primer momento que nuestra ascensión sería de supervivencia. Tanto Jorge como yo podríamos haber apretado un poquitín más, pero nada nos obligaba a ello.

Primero un pedal, luego otro y luego mantener el equilibrio. Tiras de brazo, tiras de riñón y tiras de todo lo que tienes. No había árboles y el sol estaba castigando nuestra espalda. Eso a mí me viene de lujo, con lo que era una motivación, pero a pesar de ello, el desgaste era mayor. Se podían ver unos cuantos ciclistas sufriendo lo mismo que nosotros. Algunos se habían detenido en el mirador para contemplar las fabulosas vistas o para tener una escusa, quién sabe, pero el hecho en sí es que allí, todo el mundo disfruta.

El resto de la subida se ve muy marcada por el paso por La Huesera. No vuelves a tener un ritmo vivo y continuado. No en vano, si bien no tienen tanto nombre, cada poco te topas con rampas con unos desniveles muy aceptables, en plan algo por encima del 10%.

Y pedalada tras pedalada, al final llegas al Lago de Enol y puedes decir que has triunfado y que has subido un puerto de los pata negra. De los que cuando dices que los has subido, la gente te mira raro, o te mira admirada, o te mira con los ojos vueltos. Desde luego, subir esta mole causa algo. Lo que sea.

Y allí estaba Ismael, que habría llegado 10 minutos antes que nosotros. Y en ese momento en el que te dice que subió fácil, es cuando piensas que eres un mierda y no vales para nada. Tenía que marcharse porque para él, éramos tortugas y su novia podía enfadarse un pelín si llegaba muy tarde, así que allí se despidió. Si lees esto, Isma, ha sido un placer compartir kilómetros contigo, amigo.

Reto conseguido.
Y conseguimos sacar una foto que se mantendrá en nuestro recuerdo muchos años. En concreto, el resto de nuestras vidas. Quien sube Lagos, no lo olvida. Otros puertos puede que sí. Este no.

La bajada nos la íbamos a tomar con calma. Bueno, en realidad yo, porque Jorge siempre lo hace, pero queríamos parar en todos los sitios preciosos que habíamos ido dejando atrás, poco a poco, en la subida.


Además de la subida, también es interesante ir hasta la Basílica de Covadonga y sacarte una foto con Pelayo que, por otro lado se comenta que era leonés, pero no me voy a meter en un fregao de manera gratuita.


Y comenzamos la bajada final hasta Cangas de Onís. Allí, decidimos hacer un pequeño alto en el camino. Bueno, en realidad no tuvo nada de pequeño, porque nos apretamos un par de menús del día, así sin contemplaciones, que quitaban el hipo. Con su vino con gas de rigor.


La historia final de la ruta, y lo que podemos considerar la verdadera hazaña del día, fue levantarnos de las sillas del restaurante, subirnos a las bicis y tener que llegar hasta Ribadesella con la panza llena. La media de velocidad de esta última parte, no sé, sería menos tres o algo así. Pero conseguimos llegar y darnos un bañito en la playa, que no nos vino nada, nada mal.

Conclusión. Un prodigioso día del que guardaremos un gran recuerdo. Los retos, mejor en buena compañía.

viernes, 1 de agosto de 2014

Tesoros del cicloturismo. Puerto del Connio y su entorno.

¡Hola a todo el mundo!

Siete de la mañana, cerca de mi casa, con la bici y una bolsa de deporte con maillot, culote, zapatillas y ropa limpia para después. Así es como comenzó la ruta del domingo pasado que pasa por ser una de las más espectaculares que he hecho nunca en mi vida.

¿Por la dureza? ¿Por el paisaje? ¿Por la compañía? Por todo ello es poco decir, pero vayamos por partes. 

Todo comenzó hace alguna semana ya, cuando recibí un mail invitándome a hacer una ruta por Asturias. No conocía ninguno de los pueblos que me comentó el amigo Juan Carlos, organizador de este tipo de bailes, pero como yo, si tengo tiempo, me apunto a un bombardeo, pues ahí estaba. Apuntado. Además, cuando Juan Carlos organiza algo, puedes tener una cosa clara. La zona será espectacular. 

Yo suponía que habría subida y tal. Es de entender. Si te vas a la zona de Villablino y más si es por el lado asturiano, pues llano, poco. 

Pero, ¿quien iba a pensar que en poco más de cien kilómetros saldrían unos tres mil trescientos metros de desnivel? Os aseguro que yo no me esperaba eso. Me di cuenta cuando hice el perfil de la etapa para enviárselo al bueno de Juan Carlos. Mi reacción fue clara.

-¡Pero, tío! ¡¿Nos quieres matar a todos?!

Ya no había vuelta atrás. Estaba apuntado y punto. ¿Qué socio me podría agenciar para este evento? En efecto, Bukanero no iba a fallar a la cita. 

Juan Carlos y él se conocen desde hace mucho tiempo. Si es que, ¿quién no conoce a Juan Carlos? El mejor mecánico de León sin duda. Que lo sepáis.

Antes de comenzar la tortura por unos parajes formidables, había que llegar hasta Cerredo, el pueblo desde el que saldría la ruta. Me iba a llevar en su furgoneta el gran Cecilio y nos acompañaría Jesús, dos míticos del cicloturismo leonés.

Entre risas e historias varias, llegamos a Degaña, el pueblo siguiente a Cerredo. En efecto, nos pasamos. Pero se arregló todo dando la vuelta y listo.

Una vez llegamos al verdadero inicio de la ruta, aparcamos, nos situamos y llamé al Buka.

-¿Dónde andáis?
-Desayunando.
-¿Invitáis a café?

En fin, la cosa es que, finalmente, nos juntamos todos los que íbamos a salir a rodar por ese lugar, paraíso verde, del que en ningún momento nadie dijo que también iba a ser un infierno.


La cosa no estaba mal preparada. Teníamos coche de apoyo y toda la parafernalia. Así de entrada, no le di el valor que para el resultado final de la etapa iba a tener esta inestimable ayuda logística, pero al final del día, creo que sin este coche, no llegábamos todos al final.

Salimos y lo primero que nos encontramos fue una bajada muy tendida en la que nos íbamos situando todos, conociéndonos, mirando nuestras bicicletas y, sobre todo, entrando en calor.

Aún recuerdo cuando levanté la mirada y vi una carretera en una montaña que había justo al lado de donde estábamos rodando. Os aseguro que la carretera en cuestión estaba muy muy arriba de la montaña. Inocente de mí, dije en alto...

-¡Anda! Que como tengamos que subir hasta allí, así de entrada, menudo lío.

Pues esto me pasó por hablar. Nada más decir eso, cogimos un desvío a la izquierda y en menos de lo que canta un gallo, ya tenía engranado el piñón de 26 dientes y sobre bielas.

Nos encontrábamos subiendo el Alto del Campillo y yo sin darme cuenta. Y yo sin estar psicológicamente preparado para afrontar unas rampas realmente exigentes. Me estaba haciendo pupa. Me había pillado por sorpresa y me estaba resultando duro. Al fin y al cabo, encontrarte con una subida a los cinco kilómetros escasos de haber tomado la salida y que dicha ascensión tenga rampas de hasta el 12%, pues bueno, supongo yo que le haría daño a todo el mundo. Pendiente media del 8%. Hasta ahí puedo leer.

Pero llegamos arriba y se había parado el coche de apoyo, reagrupándonos a todos. Ahí es donde tomé una determinación. Como después de subir este primer escollo, me di cuenta de que el día se presentaba duro, decidí comer y beber como si no hubiese mañana. El calor, si bien a mí me encanta, estaba apretando y eso que sólo eran las 10:30 a.m., así que había que sobrevivir. Primera decisión tras coronar. A por el coche. Plátano y litro de agua para el cuerpo.

El punto amarillo del fondo soy yo sufriendo.

Rodador en apuros por Asturias.

Y estas fotos marcarían el devenir del día entero. Bukanero y los otros dos compis, en las subidas siempre por delante. Yo haciendo la goma hasta que me descolgaba y coronaba en solitario. Así en todas las subidas del día.

Ahora tocaba bajar. De manera tranquila, pero al final te calientas y apuras un poco. Al fin y al cabo, la carretera te lo permitía. Poco tráfico (por decir que había) y buen firme.

Siguiente puerto. Alto de Tormaleo. Preciosa subida y de las que me gustan a mí. Larga y tendida. Son unos diez kilómetros de ascensión fácil, sin rampas matadoras. Lo subimos en grupo seis compis y nos permitió charlar. Que si esto y lo otro y lo de más allá. Pero tanta charla no impedía que disfrutásemos del paisaje. Una locura boscosa. Qué maravilla de montañas altas, sin vegetación, y entre medias, colinas más pequeñas pero llenas de árboles que no permitían en ningún caso ver el suelo por la densidad de los bosques. El día acompañaba y el sol lo presidía todo.

Sin darnos casi cuenta, llegamos a la cima del puerto y allí estaba mi "as" de la manga. El coche de apoyo. Plátano, un par de barritas, una bebida isotónica y agua en cantidad. Ese fue mi menú de guerra.


A partir de este punto kilométrico, es donde comenzó el verdadero calvario. Y todo empezó en el momento en el que Juan Carlos dijo algo así como, "lo siguiente que vais a subir no tiene nombre, así que si queréis se lo ponéis vosotros". Yo he pensado en un nombre. Alto del Dolor. Algo así que deje claro lo que te va a pasar.

Comenzamos un descenso muy bonito. Curva va, curva viene. Parecía no tener fin, pero me equivocaba porque el final del descenso casi coincidía con una zona en obras en la que, literalmente, la carretera desaparecía para dejar paso a un camino de tierra. Me río yo del sterratto del Giro.

Los compañeros de grupo que eran de la zona, parecía como si nos estuviesen presentando la ruta con suspense. Y lo digo porque nada más terminar la zona del camino de tierra, apareciendo otra vez la carretera, uno de ellos comentó, "recordad que todo lo que se baja hay que volverlo a subir".

Y de manera matemática se presentó ante nosotros una rampa de las de quitar plato y subir piñones de manera desesperada. La subida sin nombre, de la que nos había advertido Juan Carlos, estaba ante nosotros.

Lo que yo he bautizado como el Alto del Dolor, es una subida de unos 7 kilómetros. Lo sustancial, realmente son los dos primeros que no bajan del 9%. Los otros kilómetros se ven muy marcados por estos dos iniciales que te pillan frío después de haber bajado muchos kilómetros. Hacía mucho tiempo que no recordaba dar chepazos como los que di para superar esta dura prueba. Pero lo conseguimos. Ahora había que llegar a la base del puerto principal del día.

Y éste no era otro que el Puerto del Connio. Al llegar a la base, ahí estaba el coche para darnos líquido y comida. Os aseguro que lo necesitábamos. La etapa estaba siendo durísima. Habíamos apretado el ritmo en varios momentos y ahora lo estábamos pagando, pero estábamos enteros. Comenzamos la ascensión.


Y allí estaba yo. Aguantando el ritmo de los tres de cabeza, haciendo lo que podía y manteniendo la dignidad. Atravesábamos un túnel vegetal por el que daba gusto rodar. El calor era intenso y se agradecía. La verdad es que manteníamos un ritmo muy constante. Sin variar la velocidad. El grupo de cuatro que formábamos, se estaba cocinando a fuego lento. Y el primero en ceder yo tenía claro quién iba a ser. Servidor.

Pero poco me importaba eso ya que había aguantado muy bien los 10 primeros kilómetros de este puertaco. El resto del mismo, para disfrutar. Y os aseguro que es un puerto para disfrutar y muchísimo.

Cuando termina una zona de curvas, bastante pelada de vegetación, el puerto suaviza y vuelve a cubrirse de árboles. Es aquí cuando, si giras la cabeza a la izquierda, te puedes caer de la bici por el espectáculo que se contempla.


Lo cierto es que por muchas fotos que os cuelgue del paisaje que se puede apreciar en este puerto, jamás lograré haceros ver lo impresionante de todo ello. Es para ir a verlo alguna vez en la vida. Puedo decir que el Puerto del Connio es uno de los más bonitos que he subido en mi vida.

Y mientras estás extasiado por el paisaje y, en mi caso, hablando con Buka que me fue a acompañar durante el último kilómetros del puerto, aparece el cartel marrón que tanto andamos buscando los ciclistas. El cartel marrón que da sentido a todo el sufrimiento durante las duras rampas.


Y ahora la bajada. La bajada de un puerto de veinte kilómetros siempre es algo apasionante. A mí me encanta bajar. Apuras en esta y en aquella curva, te embalas en una recta. Bueno, ya sabéis. La cosa es que en la bajada del Puerto del Connio, tienes que frenar. Pero no porque la bajada sea complicada que, por cierto, es muy técnica, cosa que hace las delicias de chiflados de las bajadas como yo.

Frenas porque no te quieres perder ni un metro de paisaje. ¡Qué pasada de sitio! Si bonita era la subida, preciosa era la bajada. No sabría con qué parte quedarme.

Al terminar de bajar, reagrupamos todo el pelotón. Se notaba que el día estaba siendo duro. Piñones grandes eran la tónica general en las piñas de todos. Bien pegaditos a la rueda del de delante. Y había una cosa que me empezaba a molestar. Todos los que conocían la zona, hablaban de "La Trinchera".

Me daba la sensación de que no se referían a algo relacionado con el centenario de la Primera Gran Guerra. Me daba más en la nariz que era algo que haría que mis piernas se estremeciesen. Y cuando menos me lo esperaba, allí estaba. Una señal de peligro, que señalaba que los dos siguientes kilómetros irían al 11%. Lo que la señal no cuenta es que hay muchas partes de la ascensión que tienen más del 15%.

Resulta, que "La Trinchera" no es más que una variante, de nueva construcción, que va a parar a un túnel de un kilómetros y medio. La carretera nueva quiere evitar una subida con curvas, con algo más de distancia pero con menor porcentaje.

Pero el hecho es que la ruta pasaba por la variante y no iba a ser yo el único que dijese, "ay, no amigos, que soy un güevas y voy por la carretera vieja". Pero, ¿sabéis qué? Debí de decirlo.

Antes de este tremendo repecho, estaba bien. Cansado porque ya llevábamos como 90km, más o menos, con un montón de subida, pero bien. Nada de pájara, nada de calambres y con algo en la reserva por si acaso. Y el "por si acaso" era esta subida.

Cuando vi el panorama, no lo dudé. Metí todo el metal y me preparé para sufrir. Y qué manera de sufrir. Cuando me senté en el sillín, porque yo soy hombre de sillín, me dieron hasta calambres en los cuádriceps. Qué porcentajes tan brutales. Sin descansos y con todo el sol castigándonos.

Pero llegamos al túnel y me intenté recomponer. Los compis del grupo cabecero estaban más adelante. Yo me descolgué sin pensarlo ni un momento. Pero mi plan era recuperar en el túnel, aprovechando mi condición de rodador. Esta parte era llana. Pues para que os hagáis una idea del nivel de fuerzas, no era capaz de pasar de 22 km/h en plato grande. Terrible.

Y ya sólo faltaban unos quince kilómetros para llegar al final de la etapa. Y digo sólo por decir algo, porque teniendo en cuenta que eran en subida y que ninguno del grupo teníamos el chocho pá farolillos, se hicieron durísimos. Para que os hagáis una idea, a falta de cinco kilómetros, tuvo que parar el coche de apoyo para hidratar al grupo. Y os confirmo que todos comimos plátanos, bebimos agua en cantidad y cosas así.

Pero, por fin, llegamos a Cerredo. Por fin llegamos con la sensación de haber vivido algo especial. Algo muy especial por el espectáculo paisajístico que habíamos vivido y la dureza de la etapa. La dureza os aseguro que fue brutal.

Esta ruta, por sus números, habla por sí sola. 3300 metros de desnivel en 112 km. Nada más que añadir. Los paisajes, sencillamente, hay que verlos, al menos, una vez en la vida.

domingo, 29 de junio de 2014

Tesoros del cicloturismo. Puertos de Somiedo y La Farrapona.

¡Hola a todo el mundo!

Domingo de sufrimiento, pensé. Qué magnífica idea irme por ahí a subir algún puerto, de esos que marcan la diferencia entre una ruta y un rutón.

Y así lo hice. La idea me surgió, allá por el miércoles, mientras salía a dar una vuelta en bici. No sabía muy bien a dónde ir, pero sí sabía que quería subir dos moles. Por momentos pensé en irme hasta Pola de Lena y liarme la batamanta a la cabeza con algo barroquista, en plan Cobertoria y otra cosa de esas.

Pero lo pensé mejor y cambié de Pola. Fui a la de Somiedo. Pola de Somiedo y alrededores, ofrece varias cosas, destacando el Puerto de SomiedoLa Farrapona y San Lorenzo. Como tenía que descartar uno de estos tres puertos, porque tres no me apetecía, ¿adivináis cuál descarté? Sí, amigos. San Lorenzo, para otro día.

Así que me tocaba ascender dos puertos de esos que me vuelven loco. De los de veinte kilómetros, de los de concentrarse, mantener un ritmo y no olvidarse de beber.

En principio, iba a aparcar a Klaus en Pola de Somiedo, pero de hacer la gracia, hacerla completa, así que tocaba bajar hasta La Riera, punto de salida del Puerto de Somiedo, que decidí que fuese el primer plato del domingo.

Monto la rueda delantera, me mentalizo, lleno el bidón y empiezo a pedalear por el túnel vegetal que era la carretera por la que estaba rodando. Un increíble desfiladero, lleno de vegetación al más puro estilo camboyesco, era la fotografía en la que nos encontrábamos "La Americana" y yo.






También hay tres túneles muy simpáticos al inicio del puerto, que te dan la bienvenida con alguna gotita de agua helada que hace que te cagues en todo, y más hoy, porque por fechas es verano, pero el frío que hacía, en fin, no me parecía de recibo.

Pero la cosa era que yo seguía pedaleando y empezaba a entrar en calor. Había ojeado el perfil del puerto y sabía que era cómodo de subir. Ninguna rampa de esas que hacen que me replanté mi vida, ni un tráfico excesivo de esos que hacen que te quieras tirar por un terraplén.

Y yo, que soy un soñador y un friki, como estaba en territorio de osos pardos, no hacía más que mirar al monte con la sana esperanza de ver a alguno de estos simpáticos plantígrados. "Hay cuatro contados y yo voy a ver uno, no te jode, Daniel", me dije en alto, porque os recuerdo que de vez en cuando, hablo solo.

De repente (tranquilos, que no vi ningún oso), el panorama del puerto cambió y se me presentaron un par curvas de herradura, cambiando de dirección la carretera y de paisaje. Ahora todo era diferente. Campos más abiertos, vegetación, si bien se presentaba en abundancia, ya no era camboyesca y yo, sudando como el que más porque el Puerto de Somiedo no da tregua. 

No tiene rampones, pero no tiene ni un triste falso llano. Qué desconsiderado con los cicloturistas, oye. Pero estos puertos son los que me molan. Ritmo, ritmo y ritmo sin que nada te interrumpa.

Y, por fin, llegué a las tres últimas curvas que te dan a entender que al puerto le queda un par de kilómetros. Supero una, luego otra y, finalmente, un pedazo de Jaguar me hace una pasada y me cago en su p__a madre. Pero bueno. La cosa es que llego al Puerto, que es como se llama el pueblo que hay en la cima del Puerto de Somiedo. Qué originales los fundadores del pueblo, ¿no os parece? Imaginaros el Concejo, reunido para poner el nombre de su municipio. "¿Cómo lo llamamos? ¿Nueva Camboya o El Puerto?".....Yo qué sé. Que se me está yendo de las manos.

El caso es que había un mercado de ganado en El Puerto y había un ambientazo del quince. Y un frío que flipas. Al respirar se sacaba hasta vaho, no os digo más. Y tocaba sacarse la foto en el cartel preceptivo, situado entre un camión de vacas y otro de potros. Qué rico olía, madre del cielo....


Tenía que reponer fuerzas. Qué mejor que una barrita energética, ¿verdad?....Pues os puedo presentar como veinte cosas que son mucho mejores que esa mierda de barritas, como un trozo de empanada que vendían en un puesto del mercado....


Y llegó la bajada, ese territorio en el que me muevo como pez en el agua. Subiendo, no me había cruzado con demasiados coches pero para el descenso, se ve que se pusieron todos de acuerdo y pensaron "venga, chicos. Todos a tocar la gaita a Dani". Y me vi bajando en medio de un grupo de siete coches con lo que todo ello conlleva, porque bajando un puerto, un coche, en comparación con una bici, es una tortuga.

Pero llegué sin mayores sobresaltos, sin tener en cuenta los normales de toda bajada, a Pola de Somiedo y, poco después, al desvío para La Farrapona. Fue fácil encontrarlo porque está tan bien señalizado, que incluso hay un cartelón en el que ponen el perfil. Sólo falta que pongan un mensaje en plan...

Alto de La Farrapona. Vas a sufrir con cojones, chato. PRINCIPADO DE ASTURIAS.



Y allí estaba yo. Al inicio de lo que parecía ser un puerto de los guapos. De los que tienen, cada dos por tres, alguna rampa de las de ponerse en bielas. Vamos. En los que sufro como un perrín pequeño. 

El puerto se comienza atravesando un túnel y, al poco rato, otro. Y en mi caso, repitiendo empanada de carne.

Y poco después de "rutiar" algo que espantaría a los mismísimos osos que yo pretendía ver, aparece una rampa, así sin venir a cuento, que te deja muerto. Pues nada. A subir un piñón, intentar mantener la dignidad y agachar la cabeza.

Yo ya había estado en La Farrapona. Pero tiene truco esto que digo. Porque subí andando desde Torrestío, la vertiente leonesa sin asfaltar, para ver el final de etapa de La Vuelta, de hace tres años. Desde la cima, se veían unas curvas de herradura muy monas, pero no se podía apreciar la dureza. Nunca me había planteado que este puerto fuese realmente duro. Siempre pensé que era largo, pero no era un pata negra.

Y mientras yo pensaba todo esto, el puerto me estaba comunicando que estaba equivocado y que me iba a dar por saco toda la subida.

Veréis. Si Somiedo era regular, sin mucho altibajo, este es todo lo contrario. Rampas super duras, falsos llanos, alguna bajadita, curvas cerradas sin visibilidad. Vamos, que tienes que tener los cinco sentidos siempre alerta. 

Una bajada de casi un kilómetro, marca el fin de la primera parte del puerto y da inicio a la segunda, o también llamada, "festival de las rampas al diez por ciento".

Se cambia de carretera y tienes que cambiar de mentalidad. Esto yo no es un paseo por el parque. Esto ahora es un puerto tocándote las narices con sus rampas de las pelotas, contra un cicloturista, sin nada que perder salvo su orgullo, es decir, un cicloturista necio, sudoroso, cansado y con mucha motivación.

Ningún puerto hasta la fecha me ha obligado a echar pie a tierra y la incauta Farrapona pensaba que iba a ser la primera. Pobre inocente. 

Primero llega una rampa dura, luego otra y luego otra y luego dejas de pensarlo porque es agobiante. Los últimos siete kilómetros, que es la distancia que hay entre el cambio de carretera y la cima, son duros de verdad. No hay ni descanso, ni respiro, ni demasiados piñones a los que aferrarte.

Yo siempre dejo el de veintiocho dientes en la recámara, por si las cosas se ponen chungas de verdad. Y en estos siete kilómetros, tuve la tentación de engranarlo. Pero no lo hice. Porque yo soy así. Necio. Mucho. Y La Farrapona me estaba tocando las narices.

Las últimas curvas de herradura, esas en las que había estado animando a los pro en La Vuelta de hace tres años, no daban tregua. Una vez que las superabas, no tenían esos metros en los que parece que la pendiente te da un respiro. Al contrario. Te apretaban más las tuercas esas dichosas curvas. 

Pero yo me había obcecado y un señor mayor, desde el coche, me arengó en plan "vamos chavalón que ya lo tienes". Así que si un señor mayor te dice eso, lo tienes y punto. Y en menos de lo que canta un gallo o un señor mayor te arenga, llegué a la cima, en donde aún se podía ver, pintada en el asfalto, la linea de meta, la cual atravesé con mucha gracia y donaire.




Y después de vencer a este terco puertaco, tocaba bajar y llegar hasta Klaus para llegar a casa. ¿Y qué le pasó a Daniel a pocos metros de llegar a La Riera? Que pilló tremendo bache y pinchó. Pero para doscientos metros que me quedaban, preferí terminar el día caminando descalzo, con las zapatillas en las calas de la bici y con la satisfacción de haber conseguido superar dos estupendos puertos y saber que soy un poco friki.

Hasta la próxima, corazones.